31/12/2010

FELIZ AÑO 2011!! (tercera parte)

Ultima parte de este mini maratón... hehe!!!
Capítulo 25:
“Había una vez…”
“No retes al destino” me habían dicho en alguna ocasión y al parecer yo me empeñaba en hacerlo…

Sí, podían hacérmelo más difícil, por si el tenerlo a tan sólo una pared de distancia no fuera suficiente, consiguió trabajo justo al lado del edificio donde yo trabajaba. El mundo conspiraba en contra mía. Yo ya no sabía qué hacer. Lo veía por las mañanas, por las tardes, por las noches y en mis sueños. Porque desde que regresó se colaba en todos, incluso en aquellos donde no tenía nada que ver. Si soñaba con agua él estaba en el reflejo, si soñaba con comida él me la vendía, si soñaba con dinosaurios él estaba para rescatarme, si soñaba con Supermán, Supermán tenía su rostro. En todos, hasta en las pesadillas, era imposible, había retado al destino al preguntarle si me lo podía hacer más difícil y el destino me había contestado con todas estas cosas.
Miles de veces le pedí, le supliqué, le rogué y hasta le imploré que me dejara en paz, que se alejara de mí, que ahora que tenía trabajo se fuera de la casa de Gaby, que me olvidara, que me dejara olvidarlo y él me respondía sólo con un: “No me pienso alejar de ti” ¿Cómo se supone que afronte eso? Yo de verdad quería cumplir al pie de la letra mi penitencia, mi castigo por haberme enamorado de él, pero no podía teniéndolo tan cerca.
Lloraba por las noches de la impotencia, del amor que le tenía, de la frustración de mi amor, del trágico destino. Sólo la oficina era mi territorio alejado de él. Cuando trabajaba podía alejarme de todo lo que su rostro, su presencia, su aroma, sus ojos, su risa y todo él me hacían sentir. Pero eso sólo duraba ocho horas pues justo al salir de mi trabajo él estaba esperándome para regresar a la casa. Los viajes diarios los ocupaba para decirme lo mucho que me quería, lo mucho que me había extrañado y por más que yo trataba de no hacerle caso, de no mirarlo, de no pensar en lo que me decía, siempre me hacía sentir de nuevo esas sensaciones que me gustaba que me hiciera sentir, las mariposas, los latidos, los mareos, las cosquillas.
¡Cuánto lo amaba! Había pasado las peores semanas de mi vida teniéndolo tan cerca, amándolo como lo amo, escuchándolo decirme todo lo que él me amaba y no poderme echar en sus brazos y volver a entregarme a él. Porque en el fondo eso era lo que más deseaba, que me hiciera suya otra vez, que me besara, que me acariciara, que me hiciera volar con su cuerpo sobre el mío…
- Estrella – me distrajo Lidia de mis deseos internos.
- ¿Sí?
- ¿Dónde andas mujer? ¡Mírate! – me dijo – Parecías en otra galaxia, no sólo en otro mundo.
- Estaba pensando.
- Sí, eso se nota a leguas.
- ¿Necesitabas algo?
- El director me pidió que te preguntara si tienes algo de la nota que te había pedido.
- Ah… - recordé – dile que se la entrego antes de irme, tengo que buscarla.
Mi vida cotidiana no tenía nada especial y lo especial en mi vida, como ya les había dicho, no era algo que alguien pudiera creerme, pero si juntaba un poco de las dos me inspiraba bastante.
Durante las últimas semanas no sólo había estado trabajando como siempre en la parte editorial de la revista sino también en esa nota que el director me había pedido. Mi trabajo, por lo menos a mí, me había convencido bastante. Ya sólo faltaba que el jefe lo autorizara.

- Es… - me dijo el director después de tardar unos minutos leyendo mi nota – no sé qué decir.
- Diga la verdad y me conformaré.
- Me gustó mucho – sonrió – De hecho, me encantó. Saldrá publicada este mes.
- ¿No le falta nada? Cualquier cosa, puede decírmelo.
- Si le faltara algo yo sería el primero en decírtelo, pero no es así.
- En ese caso muchas gracias – asentí y di media vuelta para irme. Estaba por abrir la puerta cuando el director me habló.
- ¿Puedo hacerte una pregunta personal?
- Puede – asentí confundida por su petición.
- ¿Te inspiraste en algo o en alguien en particular para hacer esta nota? – sonreí y salí de la oficina.
Claro que me había inspirado en algo y en alguien: Mis días con León, la dicha que sentía cuando él era sólo mi ángel y yo su protegida, la angustia de pensar que no me amaba cuando yo estaba tan enamorada de él.
- Hola Estrella – me asustó cuando caminaba hacia mi oficina a recoger mis cosas para por fin irme a la casa.
- ¿León… qué haces aquí?
- Vine a buscarte, como todos los días.
- Pero… siempre me esperas en la salida.
- El portero me dio permiso de entrar, como sabe que somos amigos.
- ¿Sabes que somos… amigos? – pregunté incrédula pues sabía que había algo más en sus palabras.
- Sí, algo así – confesó - Piensa que somos novios, algo que a mí me encantaría.
- Piensa o se lo dijiste – acusé.
- Piensa, lo juro, yo no tuve nada que ver.
- En todo caso deberías esperarme abajo, aún tengo que ir a la oficina-
- Nunca me has dejado conocer tú oficina, ¿Puedo?
- No León, vete – le pedí.
- Vamos Estrella, déjame echar un vistazo.
- No León – le dije cortante mientras seguía caminando – No insistas.
- ¿Tienes fotos mías?
- No León, no las tengo
- Pues yo tengo una tuya – me dijo abriendo su cartera y mostrándome una foto que yo nunca le había dado.
- ¿Se la quitaste a Gaby? – cuestioné molesta.
- Sí, algo así.
Esa foto yo se la había dado a ella hace un par de meses, después de que me reclamara por no dejarme tomar fotos para su celular.
- Te ves linda.
- León… - me hice la enojada pero al cabo de un rato no pude más que sonreír.
Me llevé la mano a la cara para cubrir mi mirada de amor. Negué con la cabeza.
- Estrella – me dijo – Te amo.
- No empieces León – le pedí por milésima vez.
- Es sólo que me propuse decírtelo todos los días y hoy no lo había hecho.
- Pero lo sé.
- No importa, un te amo nunca está de más.
- Voy por mis cosas y nos vamos – le dije entrando a mi oficina y cerrando la puerta tras de mí.
León. Era imposible no quererte, no amarte. Pero no debía hacerlo. Suspiré.
Tomé mis bolsa, un par de papeles que revisaría en casa y al sacar mi agenda del cajón derecho de mi escritorio vi las fotos que había negado tener.
La sonrisa de León era enorme, estábamos los dos juntos, recordaba perfectamente cuando nos habíamos tomado aquella foto…
- Amigo, nos haces un favor – le había pedido él a un chico que pasaba cerca.
- Sí – asintió el chico.
- Tómanos una foto.
- Claro – dijo el chico tomando la cámara y revisando dónde tenía que apretar para capturarnos.
- Ven – me dijo León rodeándome con ambos brazos por la cintura mientras se colocaba detrás de mí.
- ¿No pudimos simplemente tomarnos una nosotros mismos?
- No es lo mismo – se quejó – Así sale la fuente entera. Sonríe.
La fuente en la que estábamos era preciosa. Su agua cristalina reflejaba el cielo azul y las pocas nubes que había. Recargó su barbilla en mi hombro y yo mi cabeza en su mejilla mientras me abrazaba a mí misma por encima de los brazos de León. Sonreímos y ahí estaba la foto.
La que estaba por debajo de aquella nos la habíamos tomado en el mismo lugar, pero más de cerca, sólo se veían nuestros rostros y él me estaba dando un beso en la mejilla.
- ¿Estrella? – tocó a mi puerta Lidia – Pensé que ya te habías ido. Un joven muy guapo te está esperando afuera – me dijo casi en susurro.
- Gracias Lidia, ahora salgo – respondí con una sonrisa.
Guardé las fotos y cerré el cajón. Revisé que no se me olvidara nada y salí.

No sé si el guardar esas fotos fuera infligir las reglas, pero no pude deshacerme de ellas, fue un impulso lo que me llevó a guardarlas justo en aquél cajón, algo dentro de mí me gritaba que no las tirara, que no lo olvidara del todo.
León estaba esperándome afuera, con esa sonrisa que me encantaba y que tuve que dejar de mirar sino quería desobedecer mis reglas.
Casi un mes viviendo juntos había sido insoportable.
- Estrella – me llamó mi jefe cuando iba saliendo del edificio.
- ¿Sí? – me sorprendí al verlo y León también.
- Sólo quería… - pero se quedó callado y mirando a León de una forma precavida me incitó a presentarlos.
- Mi jefe, León, León, mi jefe.
Ellos no se tomaron de la mano, asintieron como sabiéndose presentados y nada más.
- ¿Tú novio? – preguntó mi jefe claramente disgustado.
- No – respondí rápidamente – Sólo me toca llevarlo a casa.
- Sí – intervino León – A su casa – sonrió – vivimos juntos.
- Es un amigo de la familia, Gaby le ofreció hospedaje en lo que encuentra algo más. Gaby es… - iba a explicárselo todo pero me di cuenta de que era una larga historia – Es complicado de explicar.
- Entiendo – aseguró mi jefe – ¿Entonces estás viviendo con ellas?
- Sí – asintió León.
- ¿Eres… gay? – preguntó directamente.
- ¿Por qué la pregunta? – León estaba sinceramente divertido.
- Tengo entendido que Estrella vive con cuatro mujeres, eso quiere decir que tú o eres gay o tienes mucha suerte de vivir entre sólo chicas.
- Pues tengo suerte, porque no soy gay, es más, Estrella y yo fuimos novios.
¡Estupendo! Ahora mi jefe sabía más de lo que debía. Me miró con una ceja levantada.
- Está mintiendo – no le hice caso a León – Igual ya es noche, me tengo que ir.
- Sí, sólo… era por lo de tu nota, se la presenté a mi padre y le encantaría que saliera en la siguiente edición, como ya lo habíamos hablado, cree que tendrá gran respuesta y yo también así que puedes ir preparando la siguiente.
- ¿De verdad? – pregunté emocionada.
- Yo no miento Estrella.
- Pues gracias, de verdad gracias – sonreí ampliamente.
- Eso era todo. Buenas noches.
- Buenas noches – no paraba de sonreír.
Mi jefe me vio, me sonrió, vio a León, dejó de sonreír y se marchó.
- ¿Qué nota? – preguntó León queriendo informarse.
- Una que me pidió para la próxima edición.
- ¿Ahora escribes para la revista?
Lo miré irónica.
- Eso no te importa.
- Todo lo que tenga que ver contigo me importa.
- León – pedí.
- ¿Qué? Sólo soy sincero.
- No empecemos ¿Quieres? El camino de regreso a casa aún es muy largo.
- Eso me dará oportunidad para seguir con esta plática.
- Sí – contesté para que me dejara tranquila mientras nos subíamos al auto que yo conducía – Voy a escribir para la revista.
- Esa no era la plática a la que me refería.
Eso ya lo sabía, sólo quería no tener que conversar de eso con él. No contesté, encendí el auto y empecé a conducir.
- Todo este tiempo respeté tu deseo de no hablar del tema pero…
- No lo respetaste – interrumpí – Todos los días me recuerdas lo mismo: Te quiero, No te voy a dejar, Te necesito, Te extraño… Eso no es respetar mi deseo.
- Tal vez no, pero si no te lo digo estallo.
- Y si me lo dices la que estalla soy yo.
- Lo siento, sólo quiero que lo sepas.
Habíamos llegado a la autopista. Todos los días, para ir de mi casa al trabajo o del trabajo a mi casa, tenía que pasar por 15 minutos de carretera, no había casas, no había centros comerciales, no había nada a kilómetros y los coches que pasaban eran escasos. Esos quince minutos no podían ser más largos que en compañía de León.
- No quiero saberlo, ya bastante tengo teniéndote a ti viviendo en la misma casa, escuchando tu voz a diario, viendo tus ojos todas las mañanas. Eso es suficiente.
- Si me quieres todavía ¿Por qué…?
- ¡Ya basta! – le grité frustrada – No quiero hablar de esto.
- Pero necesitamos hablar. Ya ha pasado casi un mes y no hemos podido platicar de qué es lo que va a pasar con lo nuestro.
- No hay nuestro León – le dije deteniendo el auto – Por eso es que no hay nada de qué hablar. Lo que pasó entre nosotros fue hace mucho y tú sabes muy bien por qué es que tenemos que dejarlo en el pasado. No quiero volver a caer en pecado, no puedo… Hay algo más grande esperando por mí que el amor que me puedas o te pueda tener.
- Nada puede ser más grande.
- Claro que sí… Está le legado – terminé y él no dijo más – Bájate del auto.
- ¿Qué? – preguntó confundido, sorprendido.
- No quiero llevarte a casa ni hoy ni nunca, bájate del auto.
- Pero ¿Cómo voy a llegar a la casa? – preguntó obedeciendo y bajando del auto.
Me incliné para cerrar su puerta.
- Orbita – contesté arrancando y alejándome de él.
Las lágrimas no tardaron en brotar. Miré por el retrovisor y él seguía ahí. Un trueno se escuchó a lo lejos y al poco el cielo se iluminó por un rayo. ¡Lluvia! Genial.

Aún no había llegado a la casa cuando empezó a llover. Las gotas de lluvia caían sobre el parabrisas igual que mis lágrimas sobre mis mejillas.
“Había una vez es una frase demasiado soñada para todas las personas – había puesto en mi nota - Quisiéramos poder empezar nuestra historia así y terminarla con un Y vivieron felices para siempre, pero no es así de sencillo. A nosotros nos toca vivir más el problema en el cuento de hadas y menos el romance de príncipes y princesas con el que todas las chicas soñábamos cuando éramos niñas y con el que algunas seguimos soñando aún cuando somos ya adultas.
Mi caso, sin embargo, es especial. Yo no soñaba con un príncipe azul, yo soñaba con un ángel guardián…”
Así había comenzado mi nota, una mezcla entre lo real para mí y lo que para otros podía ocurrir solo en su imaginación.
- Hola Estrella – me saludó Lissa – Terrible aguacero no.
- Horrible, sí – asentí. La lluvia cada vez estaba peor, el viento soplaba bruscamente y yo había llegado empapada a pesar de que solo había estado expuesta a la lluvia de mi carro a la cafetería.
- ¿Y León? – preguntó Gaby extrañada.
- ¿Aún no llega? – me confundí.
- ¿No viene contigo? – me preguntó Ale.
- No, pensé que ya estaría aquí.
Eso si era raro. Aunque tal vez hubiera pasado a otro lugar antes de venir aquí. De todas formas hubiese sido muy raro que apareciera orbitando en plena cafetería.
- Ya llegará – les dije cuando las vi preocupadas.
- ¿Quién llegará? – preguntó Raúl desde la cocina.
- León – respondió Ale.
- ¿No vino contigo? – me preguntó.
- Sabes Raúl, a veces dudo de tu inteligencia – le respondió Ale con una sonrisa sarcástica.
- ¿Por qué? – se ofendió él.
- Si estamos hablando de que León ya llegará y Estrella está aquí ¿Qué te hace suponer?
- Que eres una pesada – le respondió él y Ale rodó los ojos sin darle mayor importancia.
Recordé dos años y medio atrás, cuando en mi visión después de pasar por la puerta de oro ellos estaban casados y tenían un hijo. Obviamente nada más alejado de la realidad. Últimamente se peleaban de más, a penas y podían verse, parecían dos niños chiquitos.
- ¿Qué tal las clases hoy Ale? – le pregunté tratando de amenizar el ambiente.
- Como siempre, extenuantes. Los chicos cada vez se portan peor, con eso de que ya casi salen de vacaciones es en lo único que piensan.
- Eso es muy normal – asentí – Yo era igual.
- Todas lo éramos – asintieron Gaby, Lissa y Laura. Aunque estas dos últimas aún iban a la escuela.
Seguimos la conversación hasta ya bastante noche cuando Ale y Raúl tuvieron que irse.
- ¿Quieres que te pase a dejar a tu casa?
- Contigo ni a la esquina – le respondió Ale saliendo enojada de la cafetería.
- ¿Qué dije? – nos preguntó a nosotras confundido y salió tras ella.
- A veces creo que esos dos se odian y a veces creo que terminarán juntos – aseguró Gaby.
- Con eso de que del odio al amor solo hay un paso… - sonrió Laura.
- No sé, pero para mí en el fondo ya se quieren – siguió Lissa.
- Y se casarán y tendrán dos hijos – recordé mi visión.
- Bueno, eso ya es decir demasiado – sonrieron las demás.
- El que me preocupa es León, mira la hora que es y no ha llegado – dijo Gaby checando el reloj por milésima vez. Las diez y media - ¿Estás segura si no te dijo que tenía que hacer algo o iba a pasar a otro lugar?
- No – negué sin mayor interés. Ya se había tardado, era cierto, pero tal vez por fin había entendido que yo no lo quería cerca de mí y se había ido, tal vez por fin me daría paz.


Bueno y con esto me despido de este maravilloso año 2010 que nos ha dado muchas sorpresas... Aquí en México el Centenario y Bicentenario de la Revolución e Independencia... Yo francamente estaba esperando otra lucha como esa, digo, para que dentro de cien años dijeran: El tricentenario, bicentenario y centenario de algo... no? En fin... no hubo más rebelación que la mía hacia mis papas pero no entremos en detalles...
Las cosas bienen y se van, años quedan atrás y años estan por comenzar. Yo no tengo más que desearles un perfecto 2011 al lado de su familia, porque al fin de cuentas hasta las parejas y los amigos pueden irse (...diganmelo a mí...) pero la familia siempre estará ahí para ti... Sobre todo tus papas y hermanos... SIEMPRE!!!
Todos mis personajes ficticios y no tan ficticios les desean un Gran 2011 y aunque medio saturada aqui esta la imagen con todos ellos...
Muchas Gracias por todo lo que me han dado a lo largo de todo este tiempo, gracias a aquellas que no dejan de leer y comentar, gracias también a las que leyeron y se fueron porque hubo un tiempo en el que me alegraron la vida y aún lo siguen haciendo cada que leo mis comentarios, desde los primeros hasta los últimos... Eso sirve para levantarme el ánimo muchas veces que ando depre como ahora que se acaba el año.
Yo sé que no debería estar triste, al contrario, estoy sana, tengo a mi familia y aunque me da el bajón que mis amigos se peleen conmigo, me dejen de hablar o simplemente se alejen no por eso debo estar así... Sé que hay amigos de verdad, aunque yo aún no encuentre a los míos... Lo siento chicas, tenía que desahogarme, esto no se los debería contar pero si ando un poco triste...
En fin... dejemos eso... Hay que ser felices!!!
Nuevamente Feliz Año y esperen pronto el primer capítulo de Ocaso Inmortal la nueva versión... ya les había comentado que la otra no me gustó del todo, pero esta sí y sé que a ustedes también les va a gustar, no hay muchos cambios, pero desde mi punto de vista la lectura es más intrigante y ya saben que me encanta tenerlas comiendose las uñas y preguntándose qué pasará!!! Soy un poco cruel!!! hehe
Hoy hace un año que terminé de escribir Después del Amanecer... ¡Qué rápido se esfuma el tiempo!
Las quiero chicas, gracias infinitamente por su apoyo, por el tiempo que invierten leyendo mis historias aunque probablemente tenga otras cosas que hacer y sobre todo por escucharme... o leer, todas esas cosas que a veces no puedo dejar de lado y les termino contando...
Gracias también por esperar pacientemente cuando no publico y no dejarme de leer!!!
Gracias una y mil veces, ustedes son parte importante de mi vida y uno de mis deseos será que sean felices!!!

***FELIZ AÑO 2011***
les desea su amiga
°°¡¡MaGe!!°°

FELIZ AÑO 2011!! (segunda parte)

Capítulo 24:
“No podemos volver a vernos”
Eran cerca de las tres de la madrugada cuando una llamada a mi celular me hizo despertar.
- ¿Diga? – pregunté soñolienta.
- ¡Estrella! – dijeron del otro lado con voz preocupada.
- ¿Lissa? ¿Estás bien, qué pasó?
- ¿Dónde estás? – preguntó exaltada.
- En la oficina.
- Pues tienes que venir, Gaby tuvo un accidente.
- ¿¡Qué!? – me desperté por completo.
- Ha sido horrible Estrella, ven por favor – dijo entre lágrimas y llanto.
- ¿Llamaste a la ambulancia?
- Dicen que ya vienen pero no sé.
- ¿A qué hospital llamaste?
- No sé Estrella, ven rápido.
- Voy, voy… - dije sin saber qué mas hacer mientras me levantaba y me ponía los jeans apresuradamente – Si llega la ambulancia llama para decirme a qué hospital la llevan y mejor la veo allá ¿Está bien?
- ¡Rápido Estrella!
- Guarda la calma Lissa – le supliqué saliendo de la habitación.
No supe exactamente el orden de los hechos a continuación, bajé al lobby, escuché que me decían “Adiós señorita” con una voz extrañamente preocupada y yo sólo salí al estacionamiento, subí al auto, lo encendí y arranqué a toda velocidad. El viaje a casa se me hizo eterno. Gaby accidentada ¿Qué es lo que le había pasado? ¡Dios, por favor, que no le pase nada!
Semáforo… ¡Maldita sea! El retrovisor sólo dejaba ver luces y más luces. ¿Quién podría aún andar en la calle si eran las tres de la madrugada?
Aproveché para acomodar mi cabello en una apresurada coleta y seguí adelante.
Diez minutos pasan más lento de lo que se puede imaginar, y por fin divisé la casa donde había vivido más de diez años. Pero no había ni rastro de ambulancia, ni de la policía ni de nada, ni siquiera gente alrededor. ¿Ya se habrían ido? Lissa prometió llamarme si se llevaban a Gaby pero no lo había hecho.
Aparqué enfrente de la cafetería y bajé echa un rayo. Saqué mis llaves de la chamarra que llevaba puesta y abrí la puerta en tiempo record. No había luces prendidas en el restaurante, pero sí estaban encendidas las de la escalera principal. Entré en la estancia con el corazón en la boca de tan rápido que me latía y subí los escalones de dos en dos.
- ¡Gaby! – llegué gritando a la sala donde estaban todos…
- Hola Estrella – …demasiado tranquilos.
- Lamento la mentira, cuando vimos que daban las dos y no llegabas supimos que no llegarías – me explicó Lissa.
- Tuvimos que inventarme un accidente para hacerte venir, lo siento – me abrazó Gaby.
- ¿Qué…? – las palabras no me salían de la boca debido al coraje.
- ¡Lo sentimos! – me hizo puchero Alejandra que también seguía ahí, junto con Raúl y…
Bajé la mirada, no podía volver a verlo.
- Estaba en la oficina – le reclamé a Gaby – Tengo un trabajo importantísimo que entregar para mañana y su tonta broma me puede costar el empleo.
- Estrella… - pidió Gaby.
- Lo lamento, yo les pedí que hicieran esto, sólo quería verte – su voz me trajo miles de recuerdos, todos al mismo tiempo hasta hacerme marear.
No volteé a verlo, no podía. ¡Maldita sea, no podía!
- Lo siento bonita – me pidió parándose justo frente a mí.
Las lágrimas se me amontonaron en los ojos peleándose por salir, pero no podía, no podía mirarlo aunque lo deseara con todas mis ganas.
- Tengo que regresar a la oficina, el trabajo realmente es importante – le expliqué a Gaby dándome media vuelta para dirigirme a la salida.
- ¿No te quedas? ¿No puedes hacerlo aquí?
- No, es algo complicado – fue lo único que dije y bajé.
Empecé a llorar sin poder controlarlo. Me sentía tan mal, tan débil… pero no debía, tenía que ser fuerte.
Salí de casa y subí al auto. No pude más, me sentía sola y sin contenerlo empecé a llorar. Le pegué al volante una, dos, tres veces hasta que me sentí mejor. ¡Esto era jugar sucio! Si de verdad querían ayudarme nunca lo hubieran dejado regresar.
- Estrella – me dijo y asustándome lo miré.
Esos ojos otra vez, tan verdes como siempre, tan hermosos y brillantes como la última vez que los vi, pero sin lágrimas.
- ¿Qué haces aquí? – le pregunté volteando la mirada creyendo estúpidamente que esa pequeña mirada no tendría consecuencias.
- Vine a estar contigo.
- ¿Eres lento o qué te pasa? ¿No recuerdas lo que me dijeron?
- Es sólo que no puedo aceptarlo.
- Me importa un bledo, yo he vivido dos años sin ti y puedo seguir así.
- ¿De verdad puedes Estrella? Porque yo no.
- Tengo todo lo que quiero. Sólo… vete de aquí. No puedo volver a verte.
- Ya me has visto Estrella – pude saber que sonreía.
- No cuenta – le dije llorando y arrancando para irme de ahí.
Pero ¿De verdad no contaba? Lo había visto, estaba igual de guapo que siempre, seguía siendo el hombre del que me enamoré, el ángel del que seguía enamorada. Pero era precisamente que no podía estar enamorada de él, porque era un ángel.
Recordaba la última vez que lo había visto, primero en la cascada, después llegando al lugar donde estaba justo cuando me transportaba de nuevo aquí. Recordaba sus ojos, llorosos y sin esa felicidad que me encantaba que irradiara. Recordaba su voz diciéndome
“Entonces no les hagas caso, Podemos irnos a cualquier lado, huyamos de ellos…”
¿De verdad podíamos huir de ellos, de verdad podíamos…? ¡Pero en qué estaba pensando! Claro que no, y aunque pudiéramos yo no debía hacer eso, no podía volver a ser tan egoísta.
- Estrella ¿Qué estás haciendo? – Detuve el auto cuestionándome a mí misma si esto no era cobardía.
Era obvio que ellos no perdonaría, ya lo había visto de todas formas y odiaba quedarme en un lugar que no fuera mi casa pero… ¿Era un acto egoísta si regresaba? No quería que lo fuera.
- Todo está bien Estrella – escuché una voz, no dentro de mí, sino al lado mío.
Pero en el asiento del copiloto no había nadie.
- ¿Vincent? – pregunté llorando.
- Te dije que estaría aquí.
- Pero no te veo.
- Cierra los ojos – me pidió – Imagíname.
Y así lo hice. Vincent estaba ahí, sonriendo a mi lado. Sonreí.
- No huyas Estrella.
- Pero si lo veo…
- No pasará nada, no es culpa tuya, tú no lo quisiste.
- Pero igual lo estoy viendo, si regreso a casa será mi decisión y seré egoísta…
- No lo serás. Afronta lo que viene, no te destruyas Estrella.
Y desapareció. Vincent. Siempre estuvo para mí.

Pagué el hotel al día siguiente, eran cerca de las seis cuando salí y me dirigí a la oficina.
- Lidia hazme un favor, consígueme ropa limpia.
- ¿Quieres que vaya a tu casa para buscarla?
- No, sólo… la ropa que sea, no importa.
- Ok, lo hago. ¿No fuiste a casa?
- No, es una larga historia.
- Haz andado muy misteriosa. ¿Aún quieres esa cita con el agente? Hay una posibilidad de hacerla hoy mismo.
- No, déjala ya. Mi antojo de irme de casa se pasó.
- Bueno, como quieras, enseguida regreso con la ropa.
La oficina, ahora sólo eso me quedaba, era como mi bati-cueva, mi punto neutro entre los miles de sentimientos que me inundaban cuando estaba cerca de León.
Pero tenía que controlarme. No podía dejarme llevar por sentimientos que me sobrepasaban y aún más que no eran tan importantes comparados con la gran misión que tenía.
El conjunto que me llevó Lidia era precioso, completamente mi estilo. Una falda linda color rosa palo y una blusa blanca con un leve holán en las manos y el cuello.
Le agradecí por todo.
- El jefe te espera en su oficina – me dijo antes de salir - ¿Quieres que lleve eso a la lavandería?
- No, sólo a mi carro – asentí saliendo con ella hacia la oficina del jefe.
Desde el incidente con Paolo no habíamos vuelto a platicar, pero era obvio que volveríamos a vernos. Él era el director y yo la editora en jefe.
- Buenos días señor – saludé entrando.
- Buenos días señorita, siéntese por favor.
- Gracias – asentí sentándome en una de las sillas frente a su escritorio.
- He revisado alguno de sus trabajos anteriores – me dijo ocupado en sus papeles.
- ¿Hay algo malo con ellos?
- No, de ninguna manera – me sonrió levantando la mirada y viéndome fijamente. Sus ojos negros, intensos y penetrantes me desconcentraron y supe que se me había subido el color a las mejillas cuando un calor extraño me quemó por dentro – Todo lo contrario, creo que su trabajo es estupendo y quisiera incorporar a la revista una nota suya, si le parece.
- ¿Una nota mía?
- Bueno, mi padre me comentó en algunas ocasiones que a usted le gustaba escribir. Cuando trabajaba en el periódico hizo algunas notas que me gustaron mucho y quería poner algo así en el periódico.
- Si esto se debe al incidente con Paolo…
- No, claro que no, esto es muy aparte. Tenía la idea pensada desde que la vi pero entre una cosa y otra se me había olvidado platicarlo con usted. ¿Qué me dice?
- ¿De qué trataría esa nota?
- De lo que usted quiera. Había pensado que a la revista le serviría algo así como una sección donde se exponga el punto de vista de una mujer acerca de lo cotidiano de la vida.
- ¿Y pensó en mí?
- Ya le dije, me gusta su trabajo como escritora.
- ¿No será porque piensa que me la paso relajada con la editorial?
- Claro que no, sé que eso es un trabajo difícil. Por eso es que quería platicarlo con usted, si cree que puede hacerlo me encantaría que me hiciera ese favor.
Suspiré. Sí, me gustaba la escritura, la literatura, la poesía, pero nunca me había atrevido a pensar que algún día podría escribir algo aparte de reportajes en una revista o periódico. Sin embargo aquél trabajo al que el director se refería había sido algo especial por la época de Navidad y el Día del Amor y la Amistad, algo que hice porque no había otra cosa mejor.
- Intentaré, pero no le prometo nada.
- Me conformo con eso, muchas gracias por no decir que no – se levantó y me levanté también.
- ¿Con qué quiere que empiece?
- Con lo que usted quiera, como le he dicho, quiero que sea algo de la vida cotidiana, algo que cualquier mujer pueda pasar en algún momento de su vida.
- ¿Y si a la gente no le gusta?
- Estoy seguro que le gustará, en todo caso, si no hay respuesta de su parte, dejamos el tema y usted sigue en sus labores normales.
- ¿Para cuándo quiere el trabajo?
- Si no le importa me gustaría revisarlo antes de dárselo a leer a los demás compañeros, así que si puede traerlo cualquier día antes de la fecha de entrega para todos sería estupendo.
Asentí.
- Muchas gracias señorita Luna – se dirigió a la puerta y me abrió – Que tenga un buen día.
- Igualmente señor – salí de la oficina pensando en todo lo cortés que se había portado.
¡Hombres! Nadie puede entenderlos.

¿De qué hablaría? Lo cotidiano en mi vida no era nada especial y lo especial en mi vida no era algo que alguien pudiera creerme: “Conocí a mi ángel guardián y me enamoré de él”
¡Claro Estrella! Atrévete a hablar de eso y manicomio seguro. Bueno, eso o sería una escritora reconocida por su gran imaginación.
Pensé de pronto en hacer un libro con mi historia. Probablemente vendería muchas copias, aunque probablemente no. Sería algo que nunca averiguaría.
- Hola Estrella – me saludó Lissa cuando regresé a casa ya entrada la noche.
- Hola Lissa.
- ¿Sigues enojada?
- No, ¿Cómo podría? Lamento lo de ayer.
Con ella tenía que disculparme, con todos, claro, menos con León.
- ¿Pudiste entregar tu trabajo?
- Sí, de verdad lo siento.
- Y yo haberte mentido.
Yo también le había mentido.
- Eso no importa – quise excusarme a mí misma.
- Gaby está triste.
- ¿Dónde está? Le debo una disculpa.
- No me debes nada – escuché su voz proveniente de la puerta de la cocina.
- Lo siento Gaby.
- Lo siento yo. Pensé que te alegrarías de ver a León.
Me quedé callada. Avancé hacia ella y para evadir el tema la abracé.
Sonrió y me abrazó también.
- Sabes que desde que eras más chiquita no me abrazabas así.
- Lo sé.
Los pocos abrazos que le había dado a Gaby se los daba siempre cuando estaba o muy triste o muy feliz. Tenía muchas cosas que agradecerle y aunque eso nunca lo olvidé, sí me olvidaba que necesitaba demostrarle, más que decirle, que la quería mucho.
- Te quiero mucho Estrella – me dijo invadida por el momento.
- Y yo a ti Gaby – sonreí y la abracé con más fuerza.
Ale y Lissa se reunieron al abrazo. Laura no estaba, probablemente aún no regresara de sus clases. Raúl nos miró con mucho cariño y entre muchas caras de clientes apareció la de él.
Agaché la mirada en cuanto sus verdes ojos penetraron en los míos.
- Bueno, bueno, chicas, que me encanta que nos demostremos cariño pero hay clientes a los cuales debemos atender.
Yo aún seguía atendiendo mesas. Ahora ganaba dinero como una importante jefa de editoras de una reconocida revista pero en mis ratos libres regresaba a la cafetería a ser la simple muchacha que tomaba y repartía ordenes. Lo gracioso era que sólo en ese momento, cuando andaba de un lado para otro saludando, limpiando, dando y recogiendo me sentía otra vez feliz. Tal vez porque durante estos dos años y pico era lo único con lo que me sentía cerca de León, tal vez porque me lo recordaba, tal vez porque ahí fue donde lo conocí, de todos modos, tenía que ver con él.
- Orden para la mesa tres – dijo Raúl contento.
- Orden para la mesa tres – repetimos nostras y riéndonos nos metimos a la cocina.
- Hay un cliente en tu mesa Estrella.
No hacía falta que nadie dijera nada más. Yo sabía perfectamente cuál era mi mesa y sabía igual de bien quién era ese cliente.
Mi mesa, la misma donde siempre se sentaba León cuando iba, era la misma que más me gustaba atender, hasta ese día.
- No es mi turno – bromeé aunque en esa broma iba mi miedo a ir a atenderlo – Yo acabo de llegar.
- Por eso te toca a ti – me dijo Gaby señalando con los ojos que llevara el café a donde tenía que ir.
Suspiré, por lo visto no había forma de retrasar más este momento y la verdad, era lo mejor. Vincent me lo había dicho, tenía que ser valiente, no podía ser una cobarde, necesitaba afrontar todo lo que venía.
Caminé hasta él con pesadumbre, con ganas de detener el tiempo, de que me tragara la tierra, de que un meteorito llegara e impidiera este reencuentro.
- ¿Café? – pregunté tratando de parecer lo más ajena a él posible.
- Con cuatro de azúcar y leche, por favor.
- No tenías que decírmelo, lo recuerdo – le dije y me sonrió.
- Hola Estrella.
- Hola León – sonreí. Estando con él, viendo sus ojos, verlo sonreírme, era imposible no responder esa dulce sonrisa.
- No encontré trabajo – me dijo apesadumbrado.
- Ya habrá algo – aseguré mientras preparaba su café.
- No quiero que Gaby piense que quiero mantenerme a sus costillas.
- En todo caso te pondría a trabajar aquí – me encogí de hombros.
- ¿Por qué regresaste?
- ¿Por qué regresaste tú? – cuestioné.
- Esa es fácil – me sonrió refiriéndose a la pregunta - Porque te quiero.
- Pues mi respuesta es más complicada que eso.
- ¿Ya no me quieres?
- No quiero hablar de eso.
- Creo que yo tampoco.
- ¿En qué quieres trabajar? – pregunté para cambiar el tema.
- Soy arquitecto ¿No te lo había dicho?
- ¿En serio? Pensé que había sido una mentira que le inventaste a Gaby.
- No, es en serio. Estudié Arquitectura antes de… bueno, ya sabes.
- ¿Y… tiene título, papeles, todo eso?
- Sí.
- ¿Para qué quieres trabajar? – me confundí y aunque al principio no quería hablar del tema era necesario - ¿No te dan algo… – señalé para arriba con el dedo cuidando que nadie me viera - … ellos?
- No – se limitó a responder - Y si voy a vivir aquí Gaby necesita ver que soy alguien normal, con trabajo y todo.
- Claro, la actuación completa.
- Exacto.
- Tengo que regresar a… la cocina ¿Quieres algo más?
- Que te quedes conmigo – me pidió.
- León no empieces.
- Sólo quiero platicar.
- Pero yo tengo cosas que hacer.
- Igual vas a tener que platicar conmigo un día.
- Tal vez, pero no hoy. – di media vuelta y me fui.
En la cocina las chicas no hacían más que seguirme molestando. León para ellas era como ese amor de juventud que tuve y que no iba a olvidar. Tenían razón, lo era, pero no podía ser.
Aquella noche no pude dormir. León, por obra de Gaby, se había quedado en la habitación al lado de la mía. La otra más grande con baño integrado, esto, según mi adorada amiga, para que no tuviéramos que verlo andar por la casa medio desnudo después de que se bañara, así él tendría más privacidad.
Yo sólo pude rodar los ojos y entrar a mi cuarto completamente enojada, ahora no sólo vivíamos bajo el mismo techo sino que estábamos separados por solo una pared. ¿Es que me podían hacer esto más difícil?

FELIZ AÑO 2011!! (primera parte)

Con todo cariño chicas... no es Maratón pero se le parece bastante!!!

Capítulo 23:
“Pasado mañana”
Escuché un grito estridente de las chicas después de que supuse Gaby les había contado lo de León. Yo aún seguía paralizada y no sabía si de la felicidad o el miedo.
- León regresa – entró gritando y corriendo Lissa.
- Vivirá aquí – tras ella venía Laura.
- No puedo creerlo – Lissa estaba obviamente feliz.
- Ya quiero que sea pasado mañana – coreó Laura a mi lado - ¿Tú no Estrella?
“No” Pensé para mis adentros “Yo no”
Sonreí apenas sin dar una respuesta y Lissa no tardó en hacerme burla por eso.
- ¡Mírala! La noticia la ha dejado muda, de seguro se muere de ganas de verlo – me empujó dos veces con las caderas haciéndome un “Uyy” por único sonido.
Laura no pudo más que reírse y yo, yo seguía paralizada.

¿León en casa? No podía creérmelo. ¿Qué clase de sueño es este? O qué clase de pesadilla, tal vez era la pregunta la ideal.
Él no podía regresar, esa era mi penitencia, yo no podía volver a incumplir mis reglas, no si quería seguir siendo parte de la línea pura.
- Vincent – supliqué - ¿Qué hago? En aquél momento no pensaba en ninguna otra posibilidad que irme de casa. Si no podía verlo no había otra opción, necesitaba conseguir un departamento acomodé lugar.

La mañana siguiente fue difícil. Llegué a la oficina más temprano de lo normal, Gaby no preguntó por qué salía con tanto apuro y mi secretaria se limitó a seguirme el paso. Por suerte para mí Lidia era muy eficaz.
- Paolo quiere ofrecerse para la entrevista con el diseñador y Mía para el artículo de Bullying
- El artículo dáselo a Mía pero la entrevista la hará Raquel, ya lo había decidido ayer el director, Paolo lo sabe.
- Qué lástima, parecía entusiasmado.
- Sí, la moda es su pasión pero el director autorizó a Raquel ayer en la junta, no puedo hacer nada por él.
- ¿Qué te parece el nuevo director?
- ¿Cómo ha de parecerme? Se parece a su padre.
- ¿Lo crees? Yo lo veo más guapo.
- El director… quiero decir, el padre del ahora director, en su tiempo fue muy guapo ¿De dónde sino lo sacó el hijo?
- De su madre.
- La señora Banner es muy guapa pero sin duda es de su padre de quién sacó la carita.
- Pues de quien sea – concluyó Lidia – Pero está guapísimo.
- Oye Lidia, hazme un favor – pedí cambiando de tema.
- El que quieras Estrella ¿De qué se trata?
- ¿Cuánto tiempo crees que tardes en contactar un agente de bienes raíces?
- ¿Vas a buscar una casa?
- Un departamento en realidad.
- ¿Ya no quieres vivir con Gaby?
- Es más complicado que eso.
- ¿Se pelearon?
- No, no hay ningún problema con ninguna de ella, es más un gusto personal.
- Oh – asintió – En ese caso haré una cita ¿Para cuándo la quieres?
- Para hoy, si es preciso.
- ¿Qué características busco?
- Algo normal, de preferencia cerca de aquí, con buena vista y amueblado.
- ¿Algo más?
- No, básate en eso y lo que te parezca mejor.
- ¿Cuándo quieres estar en el departamento?
- Hoy.
- ¿Hoy? – se sorprendió.
- Ya te dije, es un gusto personal.
- ¿Y te surgió de pronto?
- Sí.
- Bueno, no preguntaré más. Iré a hacer algunas llamadas.
La mañana me la pasé en la oficina revisando las últimas cosas que se tenían que revisar para la edición de este mes. No hubo muchos cambios, organicé dónde iría cada cosa incluidos los anuncios publicitarios de las marcas que nos patrocinaban. No era un trabajo realmente difícil pero necesitaba de mucha concentración y al cabo de unas horas terminabas cansada mentalmente.
- No conseguí nada para hoy, la cita puede ser la próxima semana pero no antes – avisó Lidia.
- ¿Estás segura, nada?
- Los edificios cercanos tienen un solo dueño y sus trabajadores están al tope, no puedo hacer nada.
- ¿Y para algo que no esté tan cercano?
- Podría ver pero…
- Hazlo, no importa el precio ni el lugar, ya después buscaré algo con más calma.
- Como quieras Estrella – me miró confundida.
Claro que estaba confundida, nunca había querido mudarme y si no fuera por León no querría mudarme nunca.
La casa de Gaby era el único hogar que conocía.
- Estrella, el director quiere hablar contigo – me avisó Lidia por el auricular.
- Dile que enseguida voy – me levanté del escritorio dejando todo como estaba, me alisé el pantalón y salí.
El lugar en el que trabajaba era muy amplio, las oficinas estaban bien equipadas y a excepción de unos cuantos todos nos manteníamos en movimiento constante.
Llegué a la oficina del director, no muy lejos de la mía, y le pedí a su secretaria que me anunciara. La chica se levantó tras una respuesta de mi jefe y me abrió la puerta. Dentro estaba el director, vestido con su caro traje de marca reconocida, con su mirada fija en unos papeles sobre el escritorio, su cabello castaño parecía recién cortado y su liso rostro no presentaba rastro de barba o bigote.
Carraspeé la garganta después de que la chica cerrara la puerta y ni así él volteara a verme.
Sus ojos negros aún tardaron en mirarme unos segundos más.
- Señorita Luna – comenzó imparcial.
Odiaba que me llamaran por mi apellido.
- Estrella – pedí.
- Señorita Luna – repitió inflexible mirándome enojada – Con sinceridad me sorprende su falta de respeto, mi padre me habló muy bien de usted, creí que nos entenderíamos a la perfección. Yo mismo revisé sus entrevistas del Comic-Con y me parecieron sensacionales, no quiero tener que despedir a una persona tan importante y eficiente como usted por una falta de respeto, espero que no se vuelva a repetir.
- ¿Falta de respeto? - pregunté confundida y ciertamente indignada - ¿Qué falta de respeto es esa si puedo saberlo?
- ¿Tiene el descaro de preguntármelo? – retó irónico.
- El descaro no, señor, tengo la curiosidad de saber a qué se debe este mal entendido.
- Señorita Luna no quiero molestarme, tengo el tiempo justo y no pienso perder el tiempo en esto.
- Con todo respeto señor, no es el único que tiene cosas que hacer y el tiempo medido, pero no puedo permitir que me acuse de algo sin saber de qué.
- ¿Quién cree usted que dice la última palabra en este lugar?
- En cuanto al trabajo, usted, en cuanto a justicia…
- ¡Cállese! – me pidió y me sentí aún más ofendida - ¿Por qué entonces, si sabía perfectamente que yo había decidido quién haría la entrevista al diseñador, ha pasado por sobre mi autoridad?
- Yo no he pasado por sobre la autoridad de nadie – me defendí.
- ¿Entonces qué fue lo que hizo cuando autorizó que Paolo hiciera dicha entrevista?
- Yo no autoricé nada.
- ¿Me está diciendo que soy un mentiroso?
- Le estoy diciendo que está mal informado.
- Obviamente aquí existe un problema.
- Obviamente - asentí con voz dura – Yo no autoricé nada, usted mismo lo dijo, yo estaba al tanto de su decisión y Raquel me parece la mejor para dicho trabajo.
- Entonces explíqueme por qué Paolo se presentó aquí para informarme que usted le había dado autorización de hacer la entrevista.
- ¡Y yo que voy a saber!
- Señorita – pidió por medio del auricular - haga venir por favor al joven Paolo.
Suspiré frustrada, ahora todo se arreglaría ¿De qué venía todo esto? El hombre empezó a caerme mal en ese preciso instante.
La puerta se escuchó y por ella entró Paolo con mirada confundida.
- ¿Me ha mandado llamar, señor?
- Así es Paolo, repítame lo que me dijo hace unas horas, por favor.
- ¿Lo que le dije? No recuerdo señor.
- ¡Lo ve! – le dije exasperada a mi “jefe” – El señor me acusaba – le expliqué a Paolo – de haber sobrepasado su autoridad dándote a ti la entrevista con el diseñador.
- Ah, eso – sonrió Paolo como comprendiéndolo de pronto – Sí, ya he empezado con el borrador, por cierto, gracias Estrella.
Ahora era yo quien no comprendía absolutamente nada.
- ¿Qué me va a decir ahora señorita Luna? – cuestionó mi jefe.
- Pero… yo no te dije nada Paolo, ni siquiera nos habíamos visto antes de ahora.
- ¿Estrella, no lo recuerdas?
- Esa entrevista le pertenece a Raquel y tú lo sabías.
- Pero te pedí que hicieras algo y tú me dijiste que lo harías, que me quedara con la entrevista, que después ya tú te arreglabas con el director.
- ¡Yo no dije eso! – me exalté.
- Señorita Luna…
- Señor director – lo interrumpí – Esto es una calumnia y se lo voy a probar.
- Pero Estrella ¿Qué calumnia? Si ya hasta he empezado con los preparativos de la entrevista.
- Pues deshazlos porque la entrevista le pertenece a Raquel y yo nunca te he dicho ni media palabra de eso que tú aseguras – dije con voz amenazadora, viéndolo a los ojos y apuntándole con el dedo antes de salir de la oficina.
Iba que echaba chispas, quería matar a alguien.
- Estrella ¿Todo bien?
Preguntó Lidia preocupada entrando pasos detrás de mí a la oficina que ocupada.
- No Lidia, nada bien – inhalaba y exhalaba una y otra vez tratando de tranquilizarme.
- ¿Qué pasó?
- El idiota de Paolo dice que le he dado permiso de hacer esa entrevista que quería y ahora el director me culpa de sobrepasar su autoridad.
- ¡Qué farsa!
- Es un imbécil.
Lidia no pudo contener una risita. La miré con cara confundida ¿Qué le causaba tanta gracia?
- Lo siento Estrella, es que nunca te había visto tan enojada como para escucharte decir groserías y de tu boca el idiota e imbécil suenan… extraños – suspiró una y otra vez poniendo cara entre divertida y culpable para finalmente pronunciar un - Lo siento.
Esta vez fui yo quien empezó a reír.
Ella soltó la risa segundos después y pronto todo parecía mejor.

Las horas siguientes en mi oficina pasaron más lentas de lo que pensaba, y la solución al problema no llegaba a mi mente.
¡Maldito Paolo! ¿Cómo podía haberme hecho esto a mí que he sido tan condescendiente con él desde un principio?
- ¿Estrella? – llamó a la puerta Lidia.
- ¿Qué pasó Lidia?
- El director – abrió la puerta y por ella apareció aquél hombre malévolo.
Me levanté con dignidad. Yo no había cometido ninguna falta. Lidia salió y nos dejó solos en mi oficina ahora cerrada.
- Le debo una disculpa señorita Luna – me sorprendió – Ya me he enterado de lo que sucedió en verdad y lamento mi actitud con usted.
- ¿Qué fue lo que pasó?
- Lidia fue a hablar conmigo, me contó que usted no había salido de su oficina en todo el día, hice un interrogatorio a Paolo y lo que dijo no concedía para nada con absolutamente nada, él mismo se contradijo más de una vez y yo… le debo una disculpa.
- Me alegra que todo se haya solucionado – le debía a Lidia un maravilloso regalo.
- No es justificación pero me temo que soy demasiado nuevo en esto, debí investigar primero antes de acusar, debe entenderme por favor, no quiero que ningún empleado se pase de listo conmigo y me quiera hacer quedar como un muchacho sin carácter para mandar en una empresa como ésta, por eso es que me he exaltado al pensar que usted trataba de hacerlo.
- No me debe una explicación, con las disculpas bastaba.
- Sí se la debo, señorita, pero le prometo no volver a cometer este tipo de error ni con usted ni con nadie más, espero ir aprendiendo día a día de todos ustedes.
- Yo también lo espero, ambas cosas – le sonreí.
- Bueno pero, no me ha dicho si me disculpa.
- Tampoco tengo nada que disculpar en realidad, fue un simple mal entendido.
- Fue más que eso. Paolo quiso afectarla y recibirá una sanción.
- No quisiera que eso…
- Su corazón es noble, pero esa decisión ya está tomada. Paolo no participará en la edición ni de este mes ni de los dos siguientes.
- ¿No le parece demasiado?
- Trató de verme la cara por sobre su prestigio señorita, eso probablemente merecía que lo corriera.
- Bueno, usted es el jefe.
- Gracias – asintió con esa mirada impasible y fría que me hacía temblar siempre que me veía de la manera que me estaba viendo ahora: sin quitarme los ojos de encima – Con permiso señorita – se despidió y salió de la oficina.
Lidia entró al poco rato.
- ¿Qué pasó?
- Te has ganado el cielo – la abracé – me has salvado la vida.
- No digas eso, sólo hago lo que se hace por una amiga.
- Has hecho más que eso. Gracias.
- Aún sigo buscando tu agente de bienes raíces…
- No, déjalo ya. Este día ha sido demasiado pesado para tener ánimos para algo más. Mejor mañana ¿Está bien?
- Mañana tienes la junta con el contador.
- ¿Es mañana?
- Sí. ¿Se te había olvidado?
- No, pero no recordaba en qué día estoy viviendo.
- Mañana hay mucho que hacer.
Sí, mucho. Mañana es por fin pasado mañana. Mañana llega León. Y yo aún no había conseguido un departamento.

Lo más lógico sería conseguir un hotel, iba pensando de regreso a casa al día siguiente, el por fin tan inesperado día. Frené el auto. Un hotel, eso necesitaba.
Las chicas y Raúl no habían parado de hablar de León en todo este tiempo. Recordaban que él esto, recordaban que él aquello. León, León, León… no se escuchaba otro nombre en casa de Gaby.
Un hotel, eso necesitaba ¿Pero dónde podía instalarme? Pensé en muchas opciones, pero por alguna razón ninguna me convencía del todo.
No importaba en realidad el lugar, siempre y cuando estuviera lejos de él.
Ayer, después de regresar del trabajo tras el largo día que tuve, las chicas no pararon de hablar de León, de cómo lo recibirían, de qué tan cambiado estaría, de qué le regalarían… Yo no podía participar en esa platica, me hacía sentir extraña, necesitada, culpable.
Hoy Lidia no pudo conseguir nada aparte de un departamento alejadísimo de la ciudad. Hizo muchas llamadas, realizó miles de intentos pero nada, ni un solo agente de bienes raíces que valiera la pena desocupado. ¿Qué le pasaba al mundo?
Estacioné el auto a las afueras del primer hotel que encontré. Estaba cansadísima. La junta con el contador había sido aburrida y larga, las cuentas nunca se me habían hecho tan difíciles y es que no podía concentrarme en ellas, sólo podía pensar en él, en que hoy era el día de su llegada y en que yo no podía volver a verlo.
- Una habitación por favor – pedí a la secretaria en el lobby.
- ¿Sólo usted?
- Sólo yo – asentí.
- ¿Alguna vista en especial? ¿Alguna habitación que desee?
- Sólo una habitación con lo indispensable por favor.
- Un momento.
Buscó en su computadora mientras yo esperaba pensando en todo lo ilógico de la situación. ¿Cómo es que Miguel, Gabriel, Uriel y todavía más Rafael, lo habían dejado regresar? Si mi penitencia era no volverlo a ver ¿Por qué me lo querían complicar más? ¿Para que mi penitencia fuera más dolorosa, para ponerme prueba?
- Listo señorita, su habitación la espera ¿Trajo equipaje?
- No – ¡Tonta! ¿Y mi equipaje? Era verdad, tenía que regresar a casa de Gaby por él ¿Cómo iba a hacerle para no toparme con León? Lidia tal vez pudiera volver a ayudarme.
- El botones la guiará.
- Gracias.
¿Cómo iba a pedirle a Lidia que fuera a casa de Gaby por mi equipaje si no le decía el por qué? Ya bastantes preguntas tendría en la cabeza, pobre chica, yo le tenía confianza pero igual que nunca se lo dije a Gaby ni a ninguna de las otras chicas, tampoco a ella podía decirle que León era un ángel, que mi legado, desde hace miles de años, es el escogido de línea pura que traerá de nuevo al redentor. Era demasiado complicado incluso para mí, ellas me internarían en un hospital psiquiátrico.
Seguí al botones hasta el elevador, cuarto piso a la derecha, habitación 417, di las gracias al botones, pagué una considerable propina y cerré la puerta después de que me diera mi llave.
Suspiré cansada. Lo único que necesitaba era dormir. La habitación era agradable y amplia. Una cama, un televisor, el closet, un baño y una ventana hacia el oeste.
Me tumbé en la cama sin prepararla, aún no me iba a dormir, primero necesitaba mandarle un mensaje a Gaby.
“Llegaré tarde” le puse. Tampoco podía decirle que no iba a llegar o se preguntaría el por qué. Si le decía “llego tarde” no me esperaría y así podría fingir que había llegado a casa cuando ya todos estaban dormidos y me había ido demasiado temprano para poder saludarlos.
Ya después inventaría algo para no poner un pie cerca de la casa, más aún, cerca de León.
Prendí el televisor mientras acomodaba las sábanas y me quitaba los jeans que traía puestos, razón más para extrañar mi recamara, mi cama, mi ropa de dormir.
Era otoño, empezaba a hacer frío y aunque el cuarto tenía aire acondicionado igual extrañaba mi habitación.
¿Ya estaría él en casa?

24/12/2010

°°¡¡MARATÓN!!°° Mí Ángel

Sexto y último capítulo de este MARATÓN!!! Aún no sé si seguiré, pero espero que este capítulo les guste mucho porque hoy es NOCHE BUENA y mañana NAVIDAD!!! Felices Fiestas a todas!!! Pásensela muy bien en compañía de todos sus seres queridos, recuerden el verdadero espíritu de estas fechas y que lo más importante, por sobre toda la cena, los regalos, Santa Claus y todo eso, es que hace muchos años nació un niño en un pesebre de Belén que trajo fe y esperanza a la humanidad. No sé si sean creyentes o no, pero incluso aunque no celebren el nacimiento de Jesús lo que si deben celebrar es estar con su familia!!!
Un Beso Chicas... recuerden que las quiero mucho y que me encanta ver sus comentarios!!!

Capítulo 22:
“El error de Gaby”
- ¿Cómo te fue? – preguntó entusiasmada Gaby cuando regresé de la junta que había tenido con el Director de la revista.
- De maravilla – me tiré en el sofá – Le encantaron las entrevistas y saldrán en la siguiente edición.
- Por suerte no cortó cabezas.
- Por suerte no cortó la mía – Gaby se rió.
- No puedo creer que realmente me hayas traído un autógrafo de todos los actores a los que entrevistaste.
- Todos fueron muy amables, aunque debo admitirlo, cuando les pedía un autógrafo para mi hermana la mayoría debió pensar que era menor porque nunca les dije cuántos años tienes.
- ¿Por qué? Igual y me querían conocer.
- Por eso, después mi jefe querría una entrevista diaria de mi cuñado y eso no sería nada agradable.
- Tienes razón, sería odioso – empezamos a reír.
- Estoy cansada Gaby, me voy a la cama, mañana va a ser un día pesado porque habrá que decidir el diseño de la edición del próximo mes y todo eso siempre provoca jaquecas en todo el equipo.
- Lo sé, me lo dices cada mes.
- Necesito quejarme con alguien – me compadecí.
- No te quejas cuando recibes tu paga.
- De eso no hay cómo quejarse – nos sonreímos y me fui a la cama.
Estar a solas, sin tener nada en qué pensar o qué hacer siempre me ponía nostálgica, procuraba cansarme durante el día para quedarme dormida lo más rápido posible pero no siempre daba resultado. Hoy era uno de esos días.
Recé, como hacía siempre desde hace dos años y pico, rogando siempre por él, por Gaby, por Lissa, Laura, Ale y Raúl. Por Tania que ahora trabajaba en la radio y veía cada vez menos, por mis compañeros de trabajo y por mí, porque pudiera amarlo cada vez menos. A veces creía que funcionaba, otras veces no podía más que aceptar que nunca podría amarlo menos.
- Vincent – le rogué otra vez para que apareciera – No sé que voy a hacer porque feliz sólo a su lado y él no está.
Me dormí pasado un rato de volver a llorar hasta no poder más.

La mañana siguiente fue como todas las de la tercera semana del mes: Aburrida, desesperante, estresante y con muchos gritos de parte de todo el mundo.
Que si yo no quiero hacer esto, que si yo quería hacer lo otro, que si el diseño esto, que si el diseño lo otro, que si tal no hace, que si tal hace… Muchas quejas y ningún avance durante horas. Lo único que me quedaba al final de la tarde era regresar a casa y ver la cara de Gaby y de mis amigos sonriendo para darme ánimos.
Por suerte, y aunque lo creí imposible, terminamos antes de lo que creía. Eran las diez cuando entré a casa y Gaby y los otros seguían platicando mientras limpiaban la cafetería.
- Pero si ha llegado la señorita editora – me dijo Raúl tomándome por los hombros.
- Has terminado temprano ¿Y eso?
- Los asesiné a todos, necesitaba llegar a casa.
- Te creo, por la cara que traes no fue un gran día.
- Nada bueno, muchos gritos.
- Pero terminaste temprano, no pudo ser tan malo.
- Alguien tenía que poner orden, el director amenazó con cortar cabezas.
- ¡Vaya! Hasta que el hombre se puso las pilas.
- Es que no te he contado – recordé.
- ¿Qué? – preguntó Gaby.
- Que el viejo se ha ido, en su lugar está su hijo ahora.
- ¿Su hijo? ¿Tenía un hijo?
- Yo no lo sabía, tal vez lo escuché alguna vez pero…
- ¿Y qué tal está el hijo? – preguntó Ale emocionada.
- ¿Y eso a ti que te importa? – se enojó Raúl.
- ¡Pero claro que me importa! – le respondió ella.
Últimamente esos dos se la pasaban discutiendo por todo. Yo ya no los entendía, por un momento creía que estaban enamorados y por otros que de verdad se odiaban, lo cual me hacía pensar en qué mundo paralelo los creí juntos, casados y con dos lindos niños, uno bebé y el otro por nacer.
- Pues… está guapo, debo admitirlo. Tendrá unos 30 tal vez, años más años menos, no lo sé.
- ¿Está casado? – preguntó Lissa.
- No que yo sepa, no lleva argolla – mostré mi mano mientras movía mis dedos.
- ¡Maravilloso! O es gay o de verdad está esperando a la chica adecuada.
- Tal vez sea divorciado – se encogió de hombros Laura.
- O tal vez sí sea gay – rectificó Lissa.
- ¿Otra vez vamos a apostar para ver si es o no gay un hombre? – suspiró Laura.
- La última vez resultó ser cura así que no creo que les convenga chicas – recordó Ale y yo con ella.
Pero la última vez no había sido cura, había sido un ángel.
- Pues ni tan cura si se fijó en Estrella.
- No se fijó en mí, sólo éramos amigos.
- Esa que se la trague la madre superiora del convento en el que estabas – me dijo Raúl con sorna – Se gustaban Estrella.
- Des eso ya hace mucho, no vale la pena hablar de él.
- ¿Qué harías si lo volvieras a ver?
- Eso no va a pasar.
- Bueno pero ¿Qué harías?
- No lo sé, no lo he pensando.
Claro que lo había pensado y muchísimas veces, pero era pecado.
- Bueno, piénsalo ahora y nos lo dices.
- Pues… abrazarlo, – dije sonriendo – alegrarme, no lo sé, tiene mucho que no lo veo. De todos modos eso es imposible porque él se fue y no va a regresar.
- Sí, tal vez… pero tal vez sí.
- No – sonreí – No puede…
- ¿Por su mamá?
- Sí, por eso – le respondí a Ale pues recordaba que esa había sido mi explicación la primera vez que León se fue, o por lo menos de la única vez que ellos estaban enterados.
- ¿Cuánto tiempo hace de eso? – preguntó Lissa.
- Unos tres años ¿No?
- Casi cuatro…
- No, eso sí ya es demasiado.
- Dejémosle en tres y medio – pactó Raúl.
- Sería maravilloso que pudiéramos volver a verlo no Estrella.
- Sí, supongo – no le di mucha importancia, sabía que eso no pasaría – Me voy a dormir chicas, estoy cansadísima.
- Buenas noches Estrella.
- Sueña con los angelitos…
- O mejor con León – me hizo burla Lissa que nunca perdía oportunidad.
Si supieran que para mí soñar con lo uno significaba soñar con lo otro porque mi ángel era León se habrían ahorrado el chiste.
Le enseñé la lengua a Lissa y me metí a la cocina para tomar un poco de jugo antes de subir a acostarme.
- Oye Estrella – me alcanzó Gaby.
- ¿Sí? – respondí mientras abría el jugo y tomaba un vaso para servirme.
- Sé que tu día fue muy cansado y no quisieras más sorpresas ni nada pero… tengo que contarte algo.
- ¿Contarme? ¿Pasó algo grave? – pregunté preocupada.
- No, grave no pero sí pasó algo.
- Bueno y qué es, habla me estas preocupando.
- No quería que las chicas y Raúl lo supieran antes que tú.
- ¿Qué Gaby?
- Hoy vino alguien a la cafetería.
- ¿Quién?
- Vino en el turno de la mañana, cuando ellas estaban en la escuela y Raúl…
No necesitaba esas explicaciones, sabía perfectamente que Ale trabajaba en las mañanas en una Universidad, que Lissa y Laura estudiaban el último grado de Danza Artística y Psicología respectivamente y que Raúl por las mañanas estaba tan metido en la cocina enseñando a su nuevo ayudante que apenas tenía tiempo de asomar la cabeza.
- Ninguna de las chicas nuevas sabe quién vino, me refiero a que habrán escuchado su nombre pero nada más.
- Bueno Gaby ¿Y quién vino? Me estás asustando.
En el primero que pensé fue en el ex novio de Laura, el tipo aquél que la había hecho sufrir tanto. Me dio un poco de miedo, sí, pero sabía que nada podía hacernos, en cuanto lo denunciáramos por algo mínimo iría de inmediato a la cárcel. No por nada Ale era abogada y yo una mujer con capacidades económicas para influir sobre cualquiera.
- Alguien a quien sé que tú quieres ver – me sonrió y eso me tomó por sorpresa.
- ¿Quién?
- León
- ¿C… Q…?
Las palabras no me salían. ¿León? Era imposible.
- ¿Qué? – logré al fin pronunciar.
- Su madre murió, él no tenía a dónde ir, vino hoy en la mañana y platicamos un rato. Le conté de ti, de tu trabajo y se alegró bastante.
- ¿León? – No podía creerlo todavía.
- Sí Estrella, León. Vino a trabajar, él estudió Arquitectura, yo no lo sabía.
- Yo tampoco acepté.
- Bueno pues quiere conseguir trabajo y como no tiene dónde quedarse me pareció una idea estupenda alojarlo aquí, con nosotras.
- ¿Qué?
- ¡Maravilloso! ¿No? León vivirá con nosotras.
- ¿Qué?
- Deja de pronunciar “qué” y dime qué te pareció la idea.
- ¡Una locura Gaby!
- ¿Qué?
- ¿Por qué lo invitaste?
- Porque necesitaba dónde quedarse y además pensé que nosotras necesitábamos un hombre en casa, somos cuatro mujeres en una casa que maneja bastante dinero, él es un amigo y podría ayudarnos en caso de que algo pueda suceder.
- Pero no lo hemos visto en años.
- Creí que te agradaría la idea. Es tu amigo.
- Pues no – negué enojada.
- ¿Se enojaron, verdad? Es por eso que casi no hablas de él y que se fue tan de repente. No fue nada más por su mamá.
- Es más complicado que una simple riña – dije sin mentir.
- Pues van a tener que arreglarla porque ya lo invité a quedarse y aceptó.
- ¿Qué?
- Llega en dos días así que espero que olvides su tonta pelea como lo hizo él que está feliz por volver a verte.
- Gaby… - pedí pero sin decir más salió de la cocina.
¡Qué gran error cometiste Gaby! Yo no puedo volver a ver a León, no puedo. Tengo que cumplir una penitencia.
Aunque en el fondo… no podía hacer más que sentir una emoción inmensa.
¿Qué iba a hacer? ¿Por qué volvía ahora, después de más de dos años?
Pasado mañana, que poco queda para que llegue pasado mañana y sin embargo que infinitos se me harían los días hasta el momento en que volviera a verlo.

23/12/2010

°°¡¡MARATÓN!!°° Mí Ángel

Quinto capítulo del MARATÓN "Mí Ángel" Lo que estaban esperando, un capítulo de LEÓN!!! Aunque no precisamente desde su punto de vista, pero aquí esta lo que pasó con él!!! Estamos a punto de acabar este MARATÓN chicas pero tengo tantos capítulos que tal vez alargue este MARATÓN hasta el 31 de Diciembre, después de todo, les debo como medio año de publicaciones ¿O no? ¿Qué dicen?
Capítulo 21:
“Dos años, Dos meses y 28 días atrás”

- Todos presentes en el juicio del ángel guardián León Palacios – se hizo escuchar la voz de un hombre con una túnica dorada sobre un balcón alto en uno de los salones en el limbo.
- León – alzó la voz otro con una túnica igual justo al lado del primero - ¿Estás de acuerdo en el porqué de este juicio?
- Sé perfectamente el porqué – respondió él hincado en el suelo con la cabeza gacha. Tenía las manos atadas detrás de la espalda y un aspecto fatal.
- ¿Entiendes que cometiste un pecado y mereces un castigo?
- Lo entiendo así – asintió sin levantar la mirada.
- ¿Algo que puedas decir en tu defensa? – preguntó una mujer con una túnica igualmente dorada ubicada del otro lado del primer hombre.
Ellos tres eran las Potestades, los primeros ángeles creados por Dios, los destinados a hacer cumplir las reglas o de castigar cuando se desobedecían.
- No voy a justificarme – dijo León levantando la mirada – Pero lo hice por amor.
- Todos los guardianes deben amar a sus protegidos, tú castigo no es por eso precisamente – respondió la Potestad a la derecha del de en medio.
- Amar se puede en más de una manera – dijo León sin sentirse mal.
- De todas formas enamoraste a tú protegida.
- Sobre el corazón no se manda – respondió León.
- Esa no es una excusa ni mucho menos algo con lo cual podamos hacer menor tu condena – dijo la mujer.
- Es justicia – agregó el de en medio.
- Si puedo hablar, Señor – se hizo presente una nueva voz, una voz que provenía desde uno de los balcones principales del salón ubicado por debajo del de las Potestades.
- No puedes Miguel – se hizo escuchar la primera Potestad con enérgica voz – Tu desobedeciste también, la dejaste volver a verlo, deberías ser castigado pero somos condescendientes contigo y en lugar de que lo agradezcas…
- Fue un accidente – esta vez fue Vincent quien habló, él se mantenía con la concurrencia en los pisos bajos.
- ¿Crees que somos tontos? – le preguntaron a coro.
- Todos sabemos que no fue un accidente – prosiguió la segunda Potestad.
- Señor yo sólo quiero que León tenga un juicio justo – prosiguió Miguel.
- ¿Crees que no puede tenerlo? ¿Acaso nos crees injustos?
- No Señor, yo no quería decir eso.
- Lo has dicho Miguel, pero seremos justos, no te preocupes.
- Tenemos en cuenta que la chica es importante y ciertamente su carácter conquista pero ¿No lo hacían todas sus antepasadas también? Ya deberían haberse acostumbrado todos – la primera Potestad miró a toda la concurrencia con mirada impasible.
- El castigo de León ha sido pensado minuciosamente y finalmente lo hemos decidido de cómo un acuerdo – dijo la primera Potestad.
- Los arcángeles no van a quitarte tus alas – siguió la mujer.
- Pero nosotros sí tu derecho a ser un guardián.
- No bajarás a la Tierra hasta que tu sentencia termine.
- Vivirás en el limbo y te dedicarás a trabajos simples que te iremos imponiendo mes a mes.
- No podrás saber nada de nadie en la Tierra.
- Y con esto nos referimos a que de ninguna manera tendrás contacto con lo terrestre.
- Durante el tiempo que dure tu sentencia recapacitarás sobre lo que deseas y al cabo de ese tiempo decidirás tú mismo tu futuro.
- ¿Queda claro tu castigo?
- ¿De cuánto tiempo será dicha sentencia? – preguntó León cuando las Potestades habían, por fin terminado de hablar.
- ¿Queda claro? – volvió a preguntar la segunda Potestad más enérgicamente.
- Lo queda. ¿De cuánto tiempo será?
- Dos años tres meses – dijo finalmente la mujer.
Los susurros no se hicieron esperar, ese era un tiempo bastante más largo del que a cualquier otro ángel le dieran jamás.
- Y sin más – todos callaron al escuchar la voz de la primera Potestad.
- Damos por concluido – continuó la segunda.
- El juicio al ángel León Palacios – terminó la mujer.
Las Potestades desaparecieron al mismo tiempo dejando la sala en una explosión de rumores.
León agachaba aún la cabeza y permanecía sin levantarse. Dos años era una condena demasiado larga, una eternidad en el Limbo.
- Pasará León – le aseguró una mano amiga en su hombro y las cadenas que lo ataban desaparecieron.
- Pero cuánto durará – respondió desolado.
- Ojalá hubiera podido hacer más por ti, se lo prometí a Estrella pero…
- Hiciste suficiente Miguel, gracias.
- Cuidaré bien a Estrella, te lo prometo – le dijo Vincent que acaba de acercarse.
- Más te vale – le sonrió León a medias pues el dolor en su pecho no se lo permitía.
- León – se acercó a él el arcángel Shamuel – El tiempo pasa rápido, no te desesperes.
- Me gustaría que realmente se pasara volando, pero esto es el limbo – León no tenía consuelo
- Es hora de irnos hermanos – alzó la voz Rafael, tan serio e impasible como siempre.
- Cuídate León – se despidió Uriel.
- Te veremos pronto, más pronto de lo que te imaginas, te lo aseguro – sonrió Zadkiel.
- No temas, esto terminará – lo abrazó Gabriel.
- Piensa bien lo que decidirás dentro de dos años – le pidió Jofiel.
- Adiós León – se despidió finalmente Miguel y uno a uno fueron desapareciendo también.
- Tienes mala pinta, será mejor que trates de sobrellevarlo, por tu bien.
- Suena más fácil de lo que es en realidad Vincent.
- Lo sé, pero igual, debes ser fuerte.
- ¿Cuánto tiempo te dieron a ti en tu condena?
- Año once meses – respondió – Pero para cada ángel es diferente, todos cometemos errores en diferentes grados.
- No deberían hacernos esto.
- No deberían, pero es necesario por una razón. En este caso Estrella es la razón y sé que por ella resistirás.
- ¿Vas a cuidar muy bien de ella verdad?
- ¿Lo dudas? La quiero muchísimo para permitir que algo le pase.
- Ya lo sé, sólo quería que me lo dijeras para sentirme más tranquilo.
- Cuídate León, y no te preocupes, las condenas realmente se pasan rápido.
- Eso espero Vincent, eso espero.

22/12/2010

°°¡¡MARATÓN!!°° Mí Ángel

Algo tarde chicas, perdon, pero aquí esta el cuarto capítulo del Maratón!!! Cortito pero bonito!!!

Capítulo 20:
“Una vida sin ti”
Aparecí en casa, estaba en la cocina, con mi jugo de manzana en la mano. Suspiré. León.
Las lágrimas siguieron brotando, no podía controlarlas y dejando el jugo en la mesa de mí lado caí al suelo para llorar a gusto, por mí, por él, por la penitencia que tenía que cumplir.

Gaby y las demás obviamente regresaron de su viaje y Raúl de sus vacaciones en quién sabe dónde, las actividades en la cafetería empezaron enseguida y aunque pensé que la rutina me ayudaría a olvidar no fue así. La escuela no ayudó mucho más. Estaba a punto de graduarme, sólo me faltaba un Semestre, los profesores se pusieron más estrictos, los compañeros se estresaban de más y yo seguía sin poder olvidarlo.
No lo volví a ver, a veces tenía la esperanza de que aparecería un día a tomarse su café como muchas veces lo hizo antes, pero la esperanza iba muriendo día a día, con cada lágrima derramada sobre mi almohada, con cada sueño roto al despertar de una noche larga. Los días iban pasando.
Los meses me parecían años.
Los exámenes finales fueron complicados, pero yo no tenía nada que hacer salvo estudiar, y estudiaba para poder quitarlo de mi mente por lo menos un momento, para que mis días no se hicieran tan prolongados, así que estudiaba casi todo el día. Me gradué y recibí con méritos, fui la mejor de mi clase y los profesores me recomendaron por todos lados así que no tardé en encontrar trabajo.

Mis estudios fueron de gran ayuda en el periódico en el que empecé a trabajar, empecé haciendo trabajo de campo, encuestas a personas comunes sobre cosas de la vida cotidiana que dieran resultados eficaces a quienes hacían los reportajes importantes. Al cabo de un mes se dieron cuenta de mi potencial y me ascendieron a oficina. Ahora me correspondía hacer a mí los reportajes. Salía a investigar noticias que el director necesitaba para la edición del día siguiente, el trabajo necesitaba más tiempo y empeño, pero me pagaban mejor y la verdad era menos tedioso.
Los años parecían siglos.

Y con el tiempo conseguí un trabajo mucho mejor. Me convertí en la Editora en Jefe de una reconocida revista. La paga era maravillosa y podía llevar a Gaby de paseo cada que quería. Incluso me llevaba a las chicas cuando podían. Mi vida no podía ser mejor. Gozaba de todo lo que quería, de todo lo que hubiera soñado, de todo lo que si quiera hubiera imaginado en un pasado cuando apenas era la niña que acababa de huir del orfanato y ahora, con apenas 23 años de edad ya tenía a mi cargo la editorial de la mejor revista de México.
Tenía todo lo que quería… o por lo menos… casi todo.
León no se había aparecido ni una sola vez en todo este tiempo, ya ni en mis sueños estaba presente y aunque Vincent había dicho que si ponía atención lo escucharía nunca pude hacerlo por más que platicaba con él y ponía muchísima atención. Los ángeles, ni uno, ni siquiera Gabriel o Miguel, volvieron a presentarse en mi vida, y los demonios tampoco. Miguel había cumplido su promesa, los mantuvieron a raya en todo este tiempo, pero aunque me daban miedo a veces deseaba que reaparecieran, si los demonios me atacaban los ángeles me rescataban y así tendría una nueva posibilidad de verlo a él.
- Me voy este fin de semana – le avisé a Gaby por la noche cuando regresé del trabajo.
- ¿Ya este fin de semana? Pensé que sería hasta el siguiente.
- La convención se adelantó y tengo que estar allá o no podré entrevistar a los actores que necesito entrevistar.
- ¿Por qué no mandas a una de tus reporteras?
- Porque es un trabajo importante y el director no quiere equivocaciones, si mando a alguien y no le gusta el trabajo corta cabezas inocentes, mejor lo hago yo, sé más acerca de sus gustos.
- Pero si no logras convencerlo cortará tu cabeza.
- Por lo menos no seré responsable de que alguien pierda el trabajo.
- ¡Ay Estrella! – suspiró - ¿A qué hora sales?
- Viernes a las seis, probablemente pueda regresar el martes en la mañana.
- Te la pasarás en grande.
- Va a ser una convención de cine ¡Por supuesto que me la pasaré en grande!
- ¿Y a quienes tienes que entrevistar?
- Ni te imaginas – le sonreí.
- Si tu jefe no quiere errores es porque vas a entrevistar a alguien realmente importante, a alguien de quien los lectores quieren saber… ¡No me digas! ¡Robert!
- Robert – acepté con una sonrisa en el rostro – Y Kristen, y Taylor y…
- Sí, ya, ya… todo el reparto ¡Está de locos!
- Maravilloso diría yo.
- ¿Tomarás fotos para mí?
- Y si puedo hasta te consigo autógrafos.
- ¡Te adoro! – me dijo con un abrazo.
Aquél fin de semana salí al Comic-Con.

21/12/2010

°°¡¡MARATÓN!!°° Mí Ángel

Tercer Capítulo de este MARATÓN fenomenal que les aseguro cada vez se pondrá mejor!!!

Capítulo 19:
“Penitencia”

Aquello más que una simple decisión de mi penitencia pareció un juicio. Gabriel sonreía, pero yo estaba muerta de miedo.
El salón al que me condujo era un anexo del primero, pero la diferencia entre uno y otro, era que en éste había siete grandes balcones de oro por los cuales, uno a uno, fueron apareciendo seis ángeles vestidos todos con ropas de guerra, parecidos a los atuendos que usaban los romanos para luchar pero en colores blancos, y dorados. Todos dejaban a la vista sus enormes y maravillosas alas blancas, tan blancas como la luz de la gran puerta de oro. Sin duda por eso eran arcángeles, la sabiduría se les notaba en el rostro, en la forma de pararse, en la mirada… todo ellos eran simplemente deslumbrantes.
Miguel fue el primero en aparecer. Su aspecto daba un poco de miedo sobre todo por la espada que traía atada a la cintura. Una balanza en su mano derecha me hizo pensar que él sería el juez de condena.
A su derecha el orden fue el siguiente:
Rafael, Jofiel, Shamuel, Zadkiel, Uriel y finalmente Gabriel dejó mi lado para unirse a sus hermanos vestido de la misma forma que ellos a pesar de que dos segundos antes no tenía más que una túnica blanca.
Cada uno de ellos, al igual que Miguel y su espada y balanza, tenían un símbolo especial que lo identificaba como el arcángel de algo en especial.
Rafael una especie de bastón con una serpiente tallada, muy parecida a la de Medicina por ser precisamente el arcángel de la Salud y unas argollas entrelazadas símbolo de que era quien tenía el poder de bendecir matrimonios.
Jofiel era el arcángel de la iluminación, de la sabiduría y de la claridad por lo cual mantenía en alto algo parecido a una antorcha.
Zadkiel, el arcángel libertador, aquél que nos ayuda a encontrar el perdón, llevaba en su mano izquierda unas cadenas en símbolo de lo que hacía.
El arcángel Shamuel es el nos borra experiencias amargas, nos brinda amor cuando nos hace falta y nos protege contra la envidia.
Uriel es el arcángel cuidador de las tierras y los Templos de Dios y finalmente Gabriel, ubicado a la izquierda de Miguel, se caracteriza por esa sensación de bienestar que da con sólo una mirada. La paz y los embarazos eran de lo que se encargaba.
Hice una reverencia para todos y me mantuve firme mientras ellos se inclinaban como saludo hacia mí.
- Esperamos que estés cómoda en el limbo – me dijo el arcángel Uriel.
- Mejor imposible – acepté – Gracias.
- ¿Te agrada? Es muy bonito verdad – me sonrió Zadkiel.
Asentí con una sonrisa.
- Sin embargo – se hizo escuchar Rafael - no es a eso a lo que venimos ¿Verdad? – parecía como si algo lo apresurara.
- No – acepté haciéndole otra reverencia pues de los siete era el que más imponía, parecía el más… duro de carácter.
- Te has confesado, has rectificado sobre tus actos y te has arrepentido por tus pecados – alzó la voz Miguel – A nosotros, como los principales en la orden de arcángeles, nos toca imponerte una penitencia.
Acepté, me lo merecía, quería hacerla. Aunque un sexto sentido, o tal vez el mismo corazón, me gritaba que no me gustaría para nada.
- Seremos benévolos contigo – me dijo Shamuel – no has hecho nada que no se justifique.
- Pero debes saber que tu penitencia no es para mal – me dijo Jofiel con ojos nostálgicos.
- Lo entiendo así – asentí con la cabeza.
- León – alzó la voz Gabriel y por una puerta lateral que apareció de la nada un espejo que me mostraba lo que seguramente León estaba haciendo en este preciso momento.
Ya sabía yo que la penitencia no me gustaría pero ellos lo habían dicho, esto no era para mal.
- Estrella, tu penitencia será no volver a verlo como lo estás viendo ahora – me dijo Miguel, aunque parecía triste – León no será más tu ángel guardián.
Lo suponía, acepté con la cabeza.
- Se te quitará todo derecho a ver a aquél que te acompañe de ahora en adelante – me dijo Rafael sin atisbo de emoción – Serás como una humana cualquiera.
- Entiendo – asentí.
- Tu penitencia se ha hecho escuchar – terminó Zadkiel – Estrella, eres libre de toda culpa. Tus pecados han sido perdonados.
- ¿Eso es todo? – pregunté a los principales esperando que así fuera.
- De nuestra parte sí – me dijo Uriel con una sonrisa franca - ¿Es que deseas algo más, hija mía?
- Una cosa, si es posible.
- Pide y te será concedido – aseguró Gabriel teniendo por respuesta la mirada furiosa de Rafael pues me estaba dando algo incluso antes de que lo pidiera.
- No le quiten a León sus alas – supliqué sin hacer caso a la mirada amenazante de Rafael.
Los principales se miraron. Unos a otros con rostros impasibles para finalmente decirme.
- Gabriel lo ha dicho ya, te será concedido – me dijo Rafael antes de desaparecer entre sus orbitas.
- Suerte Estrella – me sonrió Uriel y desapareció también. Tras él todos los demás después de hacerme otra pequeña reverencia.
- ¿Así que eso es todo, ahora puedo irme? – pregunté a los últimos dos arcángeles presentes.
- ¿Quisieras acompañarme primero? – preguntó Miguel apareciendo frente a mí otra vez con la túnica habitual.
- Claro – asentí caminando con él sin poder dejar de ver el rostro de León. Parecía preocupado, tenía la mirada ausente y estaba sentado en alguna fuente que no supe reconocer.
Pero por lo menos no le quitarían las alas y eso me gustaba. Ahora los dos seríamos lo más normales que pudiéramos, él en su mundo de ángeles, y yo en la Tierra. Eso sin embargo, no me consolaba, probablemente después de esto no lo volvería a ver.
- El tanque de la pureza, tú único paso final – me dijo regresándome al mundo real… o al de ángeles en todo caso, cuando llegamos a un lugar muy parecido a la fuente de Trevi en Roma.
- ¿Para qué es esto? Creí que con confesarse bastaba.
- Basta para cualquiera, pero tú no eres cualquiera. Hoy has dejado una vida de pecados atrás y como a cualquier niño que es recién bautizado nosotros te bautizaremos a ti para que te des cuenta de que has renacido.
- ¿En serio? – no me lo creía.
Miguel asintió y me condujo hasta el borde de la fuente que debía ser de agua bendita. Suspiré.
- ¿Y ahora? – pregunté confundida - ¿Echarán agua sobre mi cabeza?
- Será más fácil que eso – me aseguró.
- Entra conmigo – me pidió Gabriel adelantando un paso y ofreciéndome su mano.
La tomé, suspiré, y di el mismo paso que él hasta tocar el agua con mis pies ahora descalzos.
Eran increíbles las maravillas que sucedían allí. El agua, en este caso y aunque suene extraño, no mojaba. Se sentía algo en mis pies moviéndose, pero no estaba ni fría ni húmeda ni nada. Era como si no hubiera nada a pesar de que yo veía agua. Quise agacharme para tocarla, pero no sabía si debía. De todos modos no me dio tiempo porque en ese momento Gabriel me habló otra vez.
- El agua es fuente de vida, es muestra de pureza – se agachó y con sus manos juntó un tanto de agua – Con ella, Estrella, yo te purifico para que inicies una nueva etapa de tu vida.
Y sin más me la echó sobre la cabeza. Se sentían como cosquillas bajando por mi piel, por mis hombros, por todo mi cuerpo, pero no era agua normal, no mojaba, sólo sentía cosquillas, unas tenues y gratas cosquillas.
- Ve, mi niña, y se feliz – me abrazó y besó en ambas mejillas.
- Gracias – le sonreí.
- Te llevaré a casa, Estrella – me tendió la mano Miguel.
La tomé, avancé y estaba completamente seca. Volví la mirada hacia Gabriel y nuevamente le agradecí. Gabriel sonrió y antes de que nosotros saliéramos de la sala, desapareció.
- ¿Por dónde saldremos? – pregunté a Miguel después de haber avanzado bastante - ¿Pasaremos otra vez por la puerta de oro? – me animé pensando que tal vez podría volver a vivir aquella experiencia. El futuro que deseaba, un futuro al lado de León, con esos dos niños precisos frutos de nuestro amor, con todos mis amigos felices.
- No, hay más de una salida de aquí y tú verás una de las que más gusta – me sonrió.
Avancé con él entristecida por no pasar por la Puerta de Oro, mi vida futura se alejaba junto con mi esperanza de volver a estar junto a León, pero así tenía que ser. Por los demás, por las generaciones que me seguirían, por poder llevar a la humanidad la esperanza de un nuevo redentor. Sé que alguien más lo hubiera podido hacer, que yo no era la única con la capacidad para que eso ocurriera, pero si yo me negaba y continuaba con mi egoísmo al amar a León, los ángeles pasarían miles de años más para conseguir ese otro legado que necesitarían.
- Este jardín es uno de los más hermosos que las almas puedan llegar a conocer – me dijo Miguel abriendo la puerta frente a nosotros y dejándome ver un lugar tan amplio que parecía infinito.
- Es hermoso – de verdad lo era.
Más que un jardín parecía un bosque. Lleno de árboles frutales, de plantas, de flores de distintos colores, de arbustos de diferentes tamaños, de pasto recién cortado, de miles de olores delicioso y un arroyo corría dejando escuchar su armonioso sonido.
- Sabía que te gustaría – me dijo dándome permiso a pasar.
Mis pies, todavía descalzos, tocaron el pasto y la sensación sin duda no fue como ninguna otra. No había aire, el sol irradiaba una energía que me hacía sentir más viva que nunca.
- Por aquí – me dijo avanzando hacia el lado izquierdo.
Sin resistirme lo seguí, maravillándome con cada cosa que veía, escuchaba el trinar de unas aves, pero no alcancé a verlas, escuchaba los sonidos de la naturaleza, y en ningún otro momento logré escuchar algo más puro.
- La salida – me dijo Miguel señalando una cascada.
- ¿Volveré a mi casa? – pregunté sabiendo la respuesta.
- Sí.
- ¿Y los demonios?
- Los mantendremos alejados de ti. No te preocuparás más por nada que no pertenezca a tu mundo.
- Ellos y ustedes también son parte de mi mundo.
- Sí, pero no te preocupes – me dijo otra vez.
- ¿Y León? – pregunté queriendo saber por él.
- Gabriel ya te lo ha dicho, a él no le pasará nada.
- Me prometes que no le castigarán por nada.
- Estrella, yo no puedo hacer eso.
- Sí que puedes, prométemelo.
- No le quitaremos sus alas.
- Pero lo castigarán de alguna otra manera y no quiero eso.
- Él como tú merece una penitencia Estrella.
- Pero él no tuvo la culpa, él no quería que nada de esto, prácticamente yo lo obligué.
- Ambos sabemos que eso no es cierto.
- Yo le besé la primera vez, siempre intenté que me hiciera caso y él se resistía. No quería incumplir sus reglas, de verdad que prácticamente le obligué.
- Estrella, ya es demasiado tarde, tú estás libre de culpa, no tienes porqué sentirte mal por lo que hayas hecho antes de tu nuevo nacimiento.
- Si tengo si por mi culpa le hacen algo a él.
Miguel suspiró y se acercó a mí, me tomó cariñosamente por los hombros y sonriéndome empezó a hablar.
- Tú te has hecho ya cargo de tu culpa al confesarte y aceptar tu penitencia, deja que él se haga cargo de lo que le toca.
- Pero es que no debería tocarle nada – alcé la voz un poco.
- Mira Estrella, tú te enamoraste de él y por eso la penitencia que te hemos impuesto, pero también él se enamoró – bajé la mirada – por eso necesita un castigo.
- ¿Y cuál será?
- Eso no te lo puedo decir, no porque no quiera, sino porque no nos corresponde a los arcángeles decidirlo sino a las Potestades, por eso tampoco te puedo prometer que no le pasará nada, lo de las alas sí, porque está en nuestras manos, pero nada más.
- ¿Podrías interceder por él entonces?
- Lo intentaré – me sonrió.
- ¿Eso si puedes prometerlo?
- Sí, eso sí te lo puedo prometer – asintió y sonreí consolada.
- ¿Serán muy crueles las Potestades con él?
- Nadie en el cielo es cruel Estrella, sólo somos justos.
- Justicia – suspiré frustrada.
- Nadie ha dicho que la justicia tenga el mismo significado para todos. Sin embargo te he prometido interceder por él ¿No es verdad? Procuraré que no se les vaya la mano con León.
- Gracias Miguel – sonreí y sin contenerme lo abracé.
- Hay alguien que quiere despedirse de ti – me dijo y en el primero que pensé fue en Mi ángel, en León.
- Hola Estrella – pero no era él, sino Vincent, quién con una sonrisa se acercó a mí.
- Vincent – también a él lo abracé – Ya no te veré.
Para colmo, pensé con tristeza.
- No, pero estaré contigo, siempre.
- No podré platicar más contigo como lo hacíamos antes.
- Podré escucharte y si pones atención lograras hacerlo tú también, sólo tienes que tener fe.
- La tendré Vincent – respondí con lágrimas en los ojos.
- No llores pequeña, serás feliz, lograrás alcanzar eso que muchos desean, te lo aseguro.
La garganta de Miguel carraspeó y Vincent tuvo que callar, me sonrió y no dijo más.
- Anda a la Tierra – me animó Miguel.
- ¿Puedo despedirme también de…?
- No – interrumpió Miguel – De él no.
- Quiero verlo – supliqué.
No fue de ellos la contestación, sino del agua de la cascada.
Ahí estaba León, seguía sentado en la orilla de aquella fuente, no sonreía, su mirada no brillaba, se pasaba la mano una y otra vez por el cabello signo de que estaba preocupado. León, Mi Ángel, mi vida.
Estiré la mano queriendo tocarlo.
- La cascada de los deseos – se sorprendió Vincent - Fue tu error Miguel, no se le puede culpar por esto – sentenció como si temiera por mí.
¿Esto estaba mal? Volteé a ver a Miguel, pero aunque creí que se estaría culpando o enojado por algo que había hecho inconscientemente, en lugar de un ceño fruncido vi una tenue sonrisa.
- Mí error, que tonto fui – me animó a volver a ver por el agua de la cascada.
Le sonreí con ganas y volteé. Ahí seguía él.
- León – susurré su nombre y cómo si me hubiera escuchado alzó la mirada esperanzado - ¿Puede escucharme? – pregunté a Vincent mirándolo.
- El agua de esta fuente se conecta con toda el agua del limbo, si con León quieres hablar con León puedes hablar – contestó él señalando otra vez la imagen.
Mi mirada esperanzada lo miraba sólo a él.
- León – le dije y esta vez sí volteó hacia mí.
- Estrella – me dijo y en sus ojos pude ver lágrimas, lágrimas igual que en mis ojos - ¿Dónde estás Estrella? Quiero verte, necesito estar contigo.
Volteé hacia Miguel, pero él negó.
- No puede ser, regreso a la Tierra – le dije con tristeza pero queriendo transmitirle felicidad. Sonreí apenas.
- Te veré allá – me dijo esperanzado.
- Sí, tal vez – le sonreí también aunque sabía la verdad.
- Te amo Estrella – me dijo.
- Y yo – estiré la mano hasta tocar el agua y él hizo lo mismo.
- ¿Por qué lloras? – me preguntó estirando la mano también y casi pude creer que lo tocaba – Hasta pareciera que esto es una despedida – me dijo sonriendo y bajé la mirada. Su sonrisa desapareció casi al mismo tiempo que fue comprendiendo – No, no lo acepto, me entiendes, y tampoco deberías aceptarlo tú ¿Dónde estás? – se levantó enojado.
- León no compliques más las cosas – le pedí.
- ¡Pero nos amamos! O por lo menos yo a ti sí porque si tú me quisieras si quiera un poquito de lo que yo a ti no aceptarías esto.
- León… – supliqué llorando.
- ¿Me quieres? – cuestionó.
- Claro que sí.
- Entonces no les hagas caso. Podemos irnos a cualquier lado, huyamos de ellos…
- Hasta tu sabes que eso es una tontería – le dije mientras lo observaba dar vueltas de un lado a otro.
- No puedo… no puedo dejar que te vayas, no lo acepto y sé que tú tampoco lo harías… ¿Por qué entonces…? – pero no necesité responderle, él mismo lo hizo – Esa fue tu penitencia…
- Sí – acepté llorando.
El silencio se hizo presente mientras él volvía a pasar su mano por su cabello.
- Igual no lo acepto – dijo - ¿Dónde estás?
- No puedo volver a verte – le dije.
- La cascada – lo captó de inmediato y desapareció de mi visión.
Suspiré. ¿Cuánto tardaría en llegar?
- Tienes que irte – me dijo Miguel.
- ¿Qué hago?
- Sólo atraviesa la cascada, llegarás a tu casa de inmediato, será como si nunca hubieras salido de allá.
- Adiós Vincent – me despedí – Gracias Miguel.
- Es hora, está a punto de llegar, el chico sabe correr – me sonrió Miguel.
Suspiré. Como quisiera volver a estar entre sus brazos. Pero no podía, era mi penitencia y la había aceptado. Avancé con determinación hasta la cascada y la traspasé. Sentí como el agua caía sobre mi cuerpo pero nuevamente no me mojaba, sólo se sentía sobre mi piel, mi cabeza, mis brazos, mis hombros, todo mi cuerpo. No había nada al otro lado, sólo estaba oscuro, parecía una cueva.
- Adiós mi niña – me sonrió Vincent al otro lado.
La cueva se iluminó, parecía como de oro por dentro.
- ¡Estrella! – se escuchó un grito a lo lejos. Era la voz de León.
Sentí unas cosquillas en el estómago, pero no era por escucharlo, era porque me estaba desvaneciendo.
- ¡Estrella! – escuché de nuevo y por el mismo lugar por donde nosotros habíamos llegado apareció él.
Lo vi apenas un segundo y desaparecí.

Lloren chicas pero no me odien!!! La historia todavía no acaba!!! Ellos van a volver a estar juntos pero ¿Cómo le harán?

20/12/2010

°°¡¡MARATÓN!!°° Mí Ángel

Segundo Capitulo del Maratón "Mí Ángel" Disfrutenlo chicas!!!



Capítulo 18: “La confesión”
¿Qué había sido eso? ¿Dónde estaba el restaurante? Volteé para buscar a mis hijos, a Gaby, a Raúl… pero no había nada, ni puerta, ni cocina, ni ellos.
¿Dónde estaba?
El lugar parecía un gran salón, de esos pertenecientes a un gran palacio y eso me recordó dónde debía estar de verdad.
- ¿Miguel? – pregunté y el eco de mi voz resonó en las paredes de aquél lugar.
Nadie respondió salvo mi propia voz. Las columnas de oro, el piso de mosaico blanco y pulido, los muebles en blanco y oro. Todo era como debía. ¿Pero entonces que había sido todo lo demás? Fue real, lo sé, no pudo haber sido mentira la mirada de mi hijo ni la sonrisa de mi hija. No pudo ser una simple ilusión León y todo lo que viví. Lo sentía todavía en mis dedos, en cada centímetro de mi piel.
Aún recordaba haber acariciado el rostro de mi hijo y eso no podía ser una farsa.
- Bienvenida de regreso Estrella – una voz profunda, pero no la de Miguel, me habló desde alguna parte de aquél gran salón. Me sobresalté, pero no me asusté, la voz no provocaba miedo, sino amor - ¿Te ha gustado lo que viste ahí dentro?
- ¿Dentro de dónde? – me animé a preguntar con una confianza que antes no tenía.
- De la puerta de oro, claro está.
- ¿Fue una alucinación?
- No exactamente.
- ¿Quién eres? – pregunté buscando por todos lados.
- Ya nos conocíamos, ¿No lo recuerdas?
- Sinceramente, no. Lo siento.
- No lo sientas, es obvio que no recuerdes, al fin y al cabo, sólo nos vimos en un sueño.
- ¿Qué sueño?
- Soy Gabriel – me dijo apareciendo desde el fondo de quién sabe dónde.
- ¿El arcángel? – pregunté sin sorprenderme.
- Así es – hice una reverencia, igual que había hecho con Miguel.
- No seas tan formal – me pidió divertido – Después de todo, soy sólo un arcángel.
- Por eso mismo.
- ¿Miguel te ha asustado, no es cierto? – creyó adivinar.
- No.
- Entonces no entiendo. ¿Por qué la reverencia?
- Así debe ser, León hizo eso cuando vio al arcángel Miguel.
- Pero ellos son ángeles, tú no.
- Eso me obliga aún más ¿No es así? – Gabriel se estaba divirtiendo, se le veía.
- No, no es así.
- Oh – no entendía nada.
- Dime Estrella ¿Te ha gustado el limbo?
- Es muy hermoso.
- Sí, lo es.
- Apuesto que no debe ser ni la mitad del cielo.
- De eso no puedo hablar – me dijo sonriendo.
- ¿Y entonces de qué vamos a hablar? Porque Miguel… digo, el arcángel Miguel, me dijo que debía hacer algo pero no me dijo qué.
- Ah – suspiró – Miguel siempre tan misterioso. No te preocupes, no debes hacer nada, sólo quería platicar contigo y él me hizo el favor de traerte.
- ¿Sólo era eso? – asintió - ¿Y de qué vamos a platicar?
- De ti, por supuesto.
- ¿De mí? Pero… yo no tengo nada de qué platicar.
- Apuesto que sí.
- No tengo nada en mente, por lo menos. En mi vida nunca pasa nada relevante.
- No te creo.
- De verdad, mi vida es como la de cualquiera.
- Eso es mentira – me dijo sonriente – Tú conoces a tú ángel guardián, eso debe ser algo novedoso.
- Ya entiendo, estamos aquí para hablar de León.
- No, ya te lo dije, estamos aquí para hablar de ti. De León ya tendré tiempo de hablar con él.
- ¿Qué fue aquello del sueño que me decías? – pregunté confundida.
- Pues… eso, un sueño.
- ¿Realmente fue un sueño?
- ¿No lo crees así?
- Me pareció muy real. Y en todo caso, tú querías llevarme.
- No, no era así – me sonrió mientras negaba.
- Claro que sí. Me llamabas, querías que fuera contigo.
- No, tú querías ir conmigo – me corrigió.
- ¿Por qué querría yo ir contigo? Eso significaba morir.
- Tal vez porque no había nada que tú creyeras lo suficientemente poderoso para atarte a la tierra.
- ¿Entonces por qué me quedé?
- ¿No lo recuerdas?
- Sí – acepté después de pensarlo un poco – vagamente. Fue León ¿No es cierto? Él me pidió que me quedara, pero tuvo que ser un sueño.
- No, no lo fue Estrella. Tú realmente querías irte y León te detuvo.
- ¿Por qué?
- Por lo que te dijo. Porque te ama.
No sabía si debía hacer la siguiente pregunta, pero me estaba quemando por dentro.
- ¿Lo han aceptado al fin?
- ¿Aceptado, qué?
- Nuestra relación.
- Nosotros no tenemos que hacerlo, sino ustedes.
- Nosotros ya decidimos, queremos estar juntos por siempre.
- Lo sé pequeña. Se aman.
- ¿Nos dejarán ser libres entonces?
- Libres son, hija mía. Ámense si quieren.
- Si yo hubiese podido evitarlo – le dije emocionada por sus palabras pero arrepentida.
- ¿De verdad? ¿Si hubieres podido evitarlo no te habrías enamorado? – cuestionó.
Me di cuenta de que sabía la respuesta: “No, no lo hubiese evitado”, pero no lo diría, porque a pesar de que estaba segura ellos sabían tan bien como yo cuál era esa respuesta, ninguno de ellos comprendería…
- Claro que lo haríamos – me dijo Gabriel.
- Así que puedes leerme los pensamientos – me di cuenta de pronto. Como si no fuera obvio.
- No, puedo leer tus ojos mi niña y tus ojos me dicen que aunque regresáramos el tiempo, tú igual te enamorarías de él.
- ¿Es malo?
- No, el amor no es malo. Malo es lo que muchas veces provoca.
- Por ejemplo.
- Tú sabes el ejemplo principal – me dijo acertando.
Pero tampoco lo diría a pesar de que en mi interior lo sabía. No quería reconocerlo tal vez, no quería darme cuenta de que en verdad mi amor por León estaba afectando más que cualquier otro amor en el mundo pudiera hacerlo. No quería darme cuenta o… tal vez no podía asimilarlo.
- ¿Qué fue todo aquello? – le pregunté refiriéndome a la puerta de oro para cambiar el tema.
- Pues, no lo sé… llamémosle… Una prueba – me dijo sonriente esforzándose un poco por ponerle un nombre.
- ¿Prueba de qué?
- De todo, de tu vida, de ti misma, de tus amigos, de futuro.
- ¿Aquello era mi futuro?
- ¿Quieres que lo sea?
- Era muy hermoso.
- Claro que lo era. ¿Qué fue lo que viste?
- Tú debes saberlo.
- Aunque no lo creas, no tengo idea. La puerta de oro le muestra cosas diferentes a todas las personas, ángeles o demonios que pasan por ella. No siempre es su futuro, a veces es su presente, a veces su pasado, otras solo reafirmaciones de algo que quiere ver o de aquello que tienen miedo de ver.
- ¿Por qué a mí me mostro mi futuro? – pregunté confundida.
- Bueno, eso piensas que te mostró, pero realmente no sabemos si es tu futuro.
- ¿Entonces… fue sólo lo que quería ver?
- La puerta de oro es sabia, de eso no hay duda. Lo que hace lo hace siempre por una razón más allá de nosotros los arcángeles, así que no puedo decírtelo, sin embargo eres tú quien debe saber esa respuesta. ¿Qué crees que haya sido?
- Mi futuro, sin duda. – sonreí.
- ¿Y qué viste? – sabía que tenía curiosidad, se le veía en los ojos.
- A León, a mí… a nuestros hijos y a todos mis amigos.
- ¿Entonces León y tú terminaron juntos?
- Claro ¿Por qué te sorprende? – Ahora yo era la que tenía curiosidad.
- No me sorprende… si te soy sincero me decepciona un poco.
- ¿Por qué? – esto sí me había tomado desprevenida.
- Porque creí que optarías por algo más.
- ¿Algo más, de qué?
- Tú sabes que eres parte de un legado de sangre que en un futuro podría darnos al nuevo redentor ¿No es así? Tus antepasadas, todas, se han esforzado por ser puras, por no dejarse corromper por el pecado, han sido siglos de esfuerzos, de espera…
- Y yo he roto la cadena… - eso me hacía sentir horrible, pero yo amaba a León.
- Pues… no aún. Estamos a tiempo de cambiar eso. Aunque no lo creas todas tus antepasadas han tenido tropiezos, no te avergüences por ello. La mayoría de los ángeles no saben eso porque nos corresponde a nosotros como arcángeles destruir todo rastro de esa evidencia y sus ángeles guardianes ayudan a que sea olvidado, pero eso no quiere decir que ninguna de las chicas que te precedió a ti hayan cometido uno que otro pecado.
- El mío no es como el de ninguna. Yo me enamoré de un ángel.
- El amor no es un pecado Estrella, de verdad que no. El amor en ninguna de sus formas, incluso aquella a la que tú y León pasasteis. Son las consecuencias de ese amor lo que nos preocupa a nosotros como guardianes del legado.
- Si amar no es un pecado… ¿Podemos León y yo seguir juntos?
- Claro, si eso es lo que realmente quieres no tenemos porqué oponernos.
Eso me agradaba, ellos no se opondrían pero… ¿Esto estaba realmente bien? Porque a pesar de que con sus palabras me hacía muy feliz algo en mi interior no me dejaba de gritar que había un hilo suelto, algo que debía ver, algo que no me estaba diciendo Gabriel. Estaba siendo egoísta y eso si era un pecado.
- No me culparían por amar a León si no fuera tan egoísta ¿verdad?
- Nadie te culpa por nada Estrella.
- Mi pecado no es amar, es ser egoísta ¿No es así?
Gabriel guardó silencio. Eso lo confirmaba.
- Si yo amara de tal manera que ese amor no afectara a nadie más, entonces no habría nada de malo ni habría pecado que me hiciera impura, pero dado que estoy amando egoístamente y pongo ese amor por sobre todos ustedes y su misión…
- Tu pecado se hace presente – terminó Gabriel dándome lo último que necesitaba para darme cuenta de la verdad.
- ¿Es tan importante esa misión suya del legado y eso?
- No más importante que tú.
- Claro que sí. Sé sincero Gabriel. ¿Tardarían mucho para encontrar un nuevo legado?
- Más o menos.
- Entonces no hay otra salida ¿No es así? ¿Puedo aún enmendarme?
- Piénsalo bien Estrella, recapacita. No debes estar obligada de ninguna manera con nosotros…
- No lo hago obligada. Me refiero… sé que me dolerá perder a León, pero no quiero que por mi culpa algo más grande, algo que sobrepasa mi imaginación, se pierda.
- La culpa no es buena consejera.
- No es culpa tampoco Gabriel. Quiero ayudar a esa misión, quiero ser parte de ella y si para eso debo dejar de lado a León… lo haré. No gustosa, porque decirte que lo haré con gusto sería mentir, pero lo haré por amor, amor a ustedes los ángeles, a todas esas personas que me han dado tanto, a Gaby, porque un día puedan, sino ella o sus hijos, sus nietos, tataranietos o lo que sea, ver por fin al redentor que nos ayude a ser felices de nuevo, lo haré también por León, lo haré por nosotros.
- ¿Estás completamente segura?
- Sí.
- ¿Entonces… te arrepientes de todos tus pecados?
- Sí, de corazón.
- ¿Prometes no volver a cometer los mismos errores?
- Lo prometo.
- Entonces estás lista. Te has confesado y ahora viene tu penitencia.
- ¿Penitencia?
Me lo suponía. Esto era como cuando vas a misa y para comulgar necesitas arrepentirte de todos tus pecados, entonces haces acto de contrición, que fue lo que hice mientras platicaba con Gabriel, te confiesas y Gabriel mismo me había confesado y ahora sólo faltaba la penitencia…

El amor no es un pecado, me había dicho Gabriel, y lo creía. Amar nunca, ni hoy ni en mil años, podía ser un pecado.

Y ahora un premio...
Bueno, este es un premio de parte de BOPOPOL@ y aquí las reglas:
1.- Agradecer a quien te lo dio:
Muchas gracias BOPOPOL@, es un premio muy bonito!!! Gracias de verdad!!!
2.- Darselo a los blogs que creas que son geniales:
Mis nominados son: Hibbyta por todos sus blogs!!!, Teles y Leda por su blog Luna de Invierno, Anny por su blog Noche Eterna, y a Bel* porque aunque sus blogs esten cerrados a ella la aprecio mucho!!!
3.-Pedir un regalo para esta Navidad (usa tu creatividad e imaginación, ni hay límites)
Me encantaría que para esta Navidad me regalaran una cena con todas las persona a las que estimo, desde mi familia y amigos cercanos hasta esos que viven muy lejos y claro, entre estos amigos estan ustedes, las chicas que me leen. Así podría conocerlas al fin!!!
Muchas Gracias otra vez BOPOPOL@!!!

Las veo mañana chicas con otro capítulo de este MARATÓN!!!